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Análisis: La polémica del AVE vasco. El tren de la libertad

El País. ANTXON OLABE

ETA es un proyecto totalitario. Sus balas y sus bombas han perseguido durante los últimos 30 años doblegar a las instituciones democráticas españolas y vascas e imponer su criterio y objetivos a la sociedad. ETA encierra en sí misma el germen de un proyecto de dictadura, representa un proyecto liberticida. Cuando alguien mata por una ideología, al final sólo queda una pistola humeante y un cadáver en el suelo, caído junto a la ideología. El núcleo del problema vasco, nuestro verdadero drama colectivo, es que después de 30 años de instituciones democráticas haya todavía entre nosotros hombres y mujeres que aceptan, justifican y contextualizan el que se pueda asesinar a un ser humano. Ese hecho nos confronta con un fracaso colectivo a la hora de construir los mimbres básicos, los valores éticos, de una sociedad democrática y libre. ¿Qué les hemos enseñado en las escuelas y en las familias, en la televisión, en los institutos, a esos jóvenes para que estén dispuestos a matar a un hombre de 70 años porque construye un tren?

El movimiento ecologista debe ir más allá de la condena. Estamos ante una cuestión de principios

Quienes en el año 2008 quieren con el asesinato de Ignacio Uria obtener réditos políticos aprovechando la legítima oposición ambiental que la Y ferroviaria ha encontrado en sectores sociales de nuestro pueblo se encuentran sumidos en un sueño del que pronto van a despertar. Erróneamente se cita el precedente de Lemoiz. Allí hubo una masiva oposición social que representaba el sentir mayoritario de este pueblo contra el proyecto nuclear. Gigantescas manifestaciones en Bilbao y en otros lugares de la geografía vasca lo atestiguan. ETA lo que hizo fue contaminar con sus balas tóxicas la lucha antinuclear de la sociedad vasca.

La diferencia de hoy respecto al año 1984, e incluso a 1991, cuando condicionó el trazado de la autovía de Leizarán con sus asesinatos, es que, aunque todavía cause dolor y sufrimiento, ETA ha sido políticamente derrotada. Esa derrota se manifiesta en que la inmensa mayoría de este pueblo rechaza su proyecto totalitario, en el total aislamiento internacional, en la ilegalización de la trama civil de apoyo sin apenas oposición social, en la impotencia para hacer mella en el funcionamiento normal de las instituciones democráticas.

Para mí ha sido especialmente doloroso y significativo el que coincidieran en la misma semana la muerte de Mikel Laboa, el hombre que con su música me enseñó a sentir y amar a Euskalherria, y el asesinato de Uria, un hombre cuyo delito era colaborar en la construcción de un tren. Desde que era apenas un adolescente, y por vericuetos intrincados y sutiles, la música de Laboa fue una de las semillas que orientaron mi vida adulta hacia un compromiso con los bosques, los hombres humildes, los paisajes, los pájaros libres que él cantó de esa manera tan especial; los de mi país y los de la Amazonia. Un compromiso con los más necesitados de mi generación y con los de las generaciones venideras.

Ese compromiso es el que me ha llevado a defender públicamente la Y ferroviaria en las páginas de este diario, en debates en EITB, en foros diversos. Porque soy de los que creen que ese tren forma parte de la solución a la grave crisis ambiental generada por un modelo de transporte abrumadoramente basado en las carreteras y los coches. Siempre he considerado legítimo y socialmente necesario que haya debate social en torno a la construcción de grandes infraestructuras que impactan en el territorio. El debate abierto y democrático nos hace madurar socialmente y ayuda a mejorar la toma de decisiones. Pero irrumpir en él con la parabellum y el coche bomba es propio de mentes totalitarias.

El día 8 las principales organizaciones ecologistas (Greenpeace, Seo BirdLife, WW Adena, Amigos de la Tierra y Ecologistas en Acción) emitieron un duro comunicado deslegitimando totalmente la violencia de ETA, cortando de raíz toda posible justificación ambiental para la conculcación del más fundamental de los derechos humanos, el derecho a la vida. "ETA no cabe en la lucha ecologista", han sentenciado. En el País Vasco, el grupo local Ekologistak Martxan y destacados líderes del movimiento social-ambiental anti-TAV han criticado el asesinado de Uria y se han desmarcado totalmente de la violencia de ETA. Sin embargo, hemos asistido a la vergonzante manifestación en Durango contra la Y ferroviaria el domingo día 7, en la que 2.000 personas aparentemente no tenían nada que objetar ante el hecho de que ETA hubiese asesinado a un hombre porque colaboraba en la construcción de ese tren. Hechos como ese suponen un estigma infame en ese movimiento que no deberían volver a ocurrir.

Es el momento en que todas las personas y colectivos que dedicamos nuestra vida, energía, tiempo y esfuerzo a conseguir que la sociedad avance hacia la sostenibilidad ambiental alcemos nuestra voz contra ETA. Y hay que ir más allá de la condena. Los hombres y mujeres ecologistas sinceros que forman parte del movimiento social contrario al tren de alta velocidad deberían, por el bien de la noble causa del ecologismo, romper toda colaboración con aquellas personas y colectivos que justifican o aceptan que se mate a un hombre por razones ambientales o de otro tipo. Estamos ante una cuestión de principios. Se ha de trazar una línea roja que les desmarque totalmente de quienes, en el fondo, solo se oponen al TAV de manera instrumental, al servicio de un proyecto totalitario.

Quienes con este asesinato pretenden obtener réditos políticos malinterpretando pasadas luchas sociales-ambientales como Lemoiz y Leizarán han de saber que no sólo se va a construir la Y ferroviaria, sino que, posiblemente, el movimiento social en su contra, tal y como lo hemos conocido estos años, va a desaparecer. Quienes han ordenado el asesinato de Uria, quienes lo han ejecutado, quienes lo han apoyado, van a ver que, para la gran mayoría de este pueblo, desde el día 3 de diciembre de 2008, la Y ferroviaria se convierte en un símbolo de ciudadanía y democracia. Que desde esa fecha la Y ferroviaria transporta también nuestro anhelo de libertad.

Antxon Olabe es analista ambiental.

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