Despotismo ilustrado y alta velocidad

Gara. Iritzia Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Esta debe ser la máxima política de la consejera de Transportes Nuria López de Gereñu y, por extensión, del Gobierno tripartito del tercio autonómico. Casi treinta años de «modélica transición democrática» después no han descubierto que la democracia no es que te cuenten, es que te tengan en cuenta. Que tengan en cuenta los resultados de las consultas en una veintena de pueblos alaveses que de forma rotunda se oponen al proyecto de Tren de Alta Velocidad (90% en contra, 4% a favor, 6% nulos) en un ejercicio de democracia directa que debería extenderse por toda la piel de Euskal Herria. Que tengan en cuenta la opinión del medio centenar de organizaciones populares y sociales reunidas en AHT Elkarlana y en la Red por un Tren Social, así como el pronunciamiento inequívoco de la mayoría sindical vasca que apuesta por un modelo de movilidad y de transporte radicalmente diferente al que suponen los proyectos de alta velocidad. Un proyecto, el de la llamada «Y vasca», del que tuvimos noticia allá por marzo de 1994 cuando se aprobó el Plan Director de Infraestructuras, y del que se ha dicho que constituye el proyecto estrella de esta y sucesivas legislaturas, el de mayor presupuesto de nuestra historia ­¡pobres y escuálidos programas sociales nos traerá el tren!­ y, sobre todo, amenaza urbi et orbe, el que caso de perderlo nos hará perder el tren del futuro. Apocalípticas palabras que nos recuerdan aquellas de que sin Lemoiz viviríamos con velas y comeríamos berzas. Hoy como ayer los defensores vasquistas y españolistas del capitalismo salvaje se equivocan y vuelven a anteponer los intereses de una minoría sobre las necesidades de la mayoría de nuestro pueblo. Para ser su proyecto estrella, da un poco de grima comprobar que, desde el 94 y después de múltiples mercadeos ­yo te apruebo los presupuestos en Madrid, tú me descuentas del Cupo el dinero para la última megalomanía­, comienzan las obras por la puerta de atrás, a escondidas, sin anuncio previo y sobre terrenos expropiados para otro infame proyecto, la autopista Eibar-Gasteiz. Franco tenía más estilo cuando inauguraba pantanos. Ya está bien de los megalómanos de ayer y de hoy que buscan pasar a la posteridad inundando pueblos y tierras de agua o de cemento, de las políticas de imposición ­cuando hablan de distensión parece que nunca va con ellos ni con sus negocios­, de trasladar los ejes del debate; porque cuando la consejera de Transportes afirma sin sonrojo que «el debate se ha terminado» sin que nadie tengamos conocimiento de que empezase, lo que está haciendo lisa y llanamente es trasladar el abortado debate sobre el modelo de desarrollo que queremos para el futuro de nuestra tierra al terreno del conflicto de orden público. Este vil mecanismo de convertir los conflictos de ideas, de modelos, en conflictos de orden público, no es nuevo para Eguzki, lo conocimos en Leitzaran, en Itoitz y en mil agresiones más a la madre tierra. Tiene una causa última, la imposición de la legalidad institucional sobre la legitimidad popular; una herramienta utilizada como rodillo, la democracia delegada e intermediada por los nada claros mecanismos de partido donde toman carta de naturaleza los intereses de grupos económicos de presión; y una causa cercana, la ausencia de mecanismos de debate y participación social, la falta de vías para incardinar los desacuerdos entre la élite política y la ciudadanía. La fractura de los mecanismos de la democracia delegada partidocrática para defender los intereses populares es tan manifiesta, como la creciente deslegitimación del sistema, que en su fuero interno busca que miremos más y participemos menos, que no quiere ciudadanos activos e informados, sino súbditos obedientes. Y cuando no se obedece está el palo y tentetieso, la represión, el ejercicio del monopolio de la violencia, de la violencia inmediata, la que descarga la rabia en forma de porra y mazmorra sobre tus huesos, y la violencia mediata, la que abole el derecho de información, el de participación, la que elimina la disidencia y la palabra. Frente al despotismo ilustrado, este pueblo, vivo a pesar de muchos, busca caminos para expresar su voluntad, para recuperar la palabra y la decisión; esta vez han sido las consultas populares en los concejos alaveses y las que seguirán. Y ahí se acabaron vuestras grandes palabras, vuestros argumentos han quedado en paños menores ante el espejo de la voluntad popular clara y nítidamente expresada, transparencia frente a ocultismo, sin cortinas de humo que oculten el insoportable déficit democrático. En la actual situación, cuando la consejera de transportes anuncia la «próxima apertura de un canal interactivo para que la ciudadanía haga sus aportaciones al proyecto», provoca vergüenza ajena ¿A qué nos invita, a debatir sobre el color de los vagones o sobre el de las alfombras? ¿O acaso piensa que nuestro futuro se decide en una videoconsola? ¿Compramos una Nintendo? Vergüenza, vergüenza y rabia. El viento de la imposición trae de la mano la lluvia del conflicto. Desde Eguzki hacemos responsable al Gobierno tripartito del conflicto de orden público al que abocan de nuevo a este pueblo, de todos y cada uno de los episodios de enfrentamiento y represión que ya se empiezan a producir con el vergonzante inicio de las obras. Por eso pedimos una paralización inmediata de estas obras que permita abrir una fase de participación real, abrir un período de distensión que posibilite la búsqueda de un consenso social sobre el controvertido proyecto de TAV. La tierra también merece y necesita una tregua. - Alberto Frías - Miembro de Eguzki

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