Un plan preocupante

El Correo. EDITORIAL La izquierda abertzale ha elaborado un plan para «entorpecer» y, en su caso, «parar» la construcción del Tren de Alta Velocidad, la 'Y' vasca, que se encuentra ya en vías de ejecución por parte de las administraciones central y autonómica. En torno a él, pretende además hacer girar toda una actividad de agitación y propaganda. Como expresamente se reconoce, la izquierda abertzale se propone 'servirse' del plan, y de su capacidad de movilización, «para la defensa de su proyecto político». Porque, según las propias palabras del documento, «lo más importante no es que el tren se construya o no, sino las fuerzas políticas que movilicemos». Este carácter instrumental del plan da ya a entender, por sí mismo, que no nos encontramos ante una oposición al uso, como la que hayan podido expresar otros partidos institucionales. Si así fuera, el debate se situaría dentro de los parámetros de la confrontación democrática y, en definitiva, del recuento de votos. Y, en este terreno, no serían nada difíciles de rebatir argumentos tan trasnochados y peregrinos como los que el plan esgrime. Porque no serán ya muchos en este país los que se crean que un proyecto de la importancia del TAV, que supone un imprescindible instrumento de cohesión territorial y de desarrollo social, haya sido diseñado con el exclusivo propósito de «imponer el capitalismo globalizador, dominar a los ciudadanos vascos y enriquecer a unos pocos». Ni tampoco los dispuestos a comulgar con la descomunal rueda de molino de que la ejecución de este proyecto, aparte de crear «una metrópoli sin cultura propia y al servicio del capital», imponga a los ciudadanos vascos «una Euskal Herria unida a los Estados español y francés a través del movimiento del capital internacional». Lo preocupante del plan no reside, por tanto, en los sofismas que quien lo propone emplea como argumentos. Estriba, más bien, en la personalidad misma, avalada por su trayectoria histórica, de la organización que lo plantea, una formación de carácter antidemocrático y excluida de las instituciones por su vinculación con el terrorismo, que no ha dudado en apoyar el empleo de la coacción y de la violencia para tratar de sacar adelante sus proyectos e imponerlos, de manera totalitaria, a toda la sociedad. Sobre la izquierda abertzale recae, por tanto, la carga de la prueba de explicar a los ciudadanos vascos con claridad qué métodos concretos utilizaría para «entorpecer» y «parar» el proyecto en cuestión. Y a las instituciones de nuestro autogobierno corresponde, por su parte, desenmascarar, primero, con la pedagogía más adecuada, los espúreos argumentos que aquélla esgrime e impedir, después, de manera diligente y eficaz, que se conviertan en realidad en métodos ilegítimos y en contra de la voluntad de la mayoría de la sociedad. Porque, si las cosas son como se deduce del plan que la izquierda abertzale se propone llevar adelante, podríamos encontrarnos frente a un reto que va mucho más allá de la construcción de una vía ferroviaria, por importante que ésta sea para el país.