Addenda. Tras la estela del 13-M

 

Este texto se terminó de escribir justo antes de los atentados del 11-M en Madrid y sus despueses: el Estado de sitio informativo con el que el gobierno intentó mantener la hipótesis de la autoría de ETA hasta el último momento, las extrañas manifestaciones del 12-M, inquietantemente silenciosas en tantos de sus tramos, la irrupción colectiva en las calles el 13-M de una corporeidad inasible y determinada, increíblemente inteligente, que exigía la verdad e interrumpía la circulación de las principales ciudades del Estado español hasta bien entrada la madrugada, el inesperado cambio de gobierno, el 14-M…

Imposible, pues, cerrarlo sin añadir unas breves líneas, sobre todo cuando estamos convencidos de que la intensidad con la que los acontecimientos del 13-M resuenan con las movilizaciones contra la guerra del año pasado constituye un dato a partir del cual pensar lo político de nuevo. En términos sintéticos, podríamos aventurar que hay varias formas de leer lo sucedido el 13-M desde el punto de vista de las subjetividades militantes: en primer lugar, está aquella mirada que da importancia a esa inesperada ráfaga colectiva exclusivamente por su carácter destituyente -su valor empieza y acaba en los resultados electorales que consiguió desencadenar. En segundo lugar, tenemos una mirada que considera lo sucedido como un mero espejismo que no deja tras de sí nada duradero, nada capaz de modificar nuestras vidas cotidianas y las relaciones de explotación y dominación que las capturan -en el peor de los casos, esta mirada considera además que todo fue convocado por grandes grupos de poder (básicamente, PRISA y el PSOE). Ninguna de estas dos miradas nos interesan: la primera, porque deposita toda su confianza respecto a las posibilidades de transformación social en el campo de la representación -«todo lo importante sucede ahí»; la segunda, porque su fatalismo obtura la sensibilidad para detectar los desplazamientos que un acontecimiento como éste puede operar en las subjetividades.

Son otras las miradas que nos interesan. En concreto dos. En primer lugar, aquella capaz de pensar lo sucedido como un escrache (tal y como proponen las compañeras de RadioPWD): esto es, como un momento de producción de verdad y justicia desde abajo que no precisa de mediaciones para ser validada. ¿Cuál es la verdad que inauguró la tarde-noche del sábado 13-M? El enemigo es la guerra; la política es nuestra. Esa verdad quedó inscrita en los miles de cuerpos que aquella tarde y aquella noche recorrimos desafiantes y en duelo las calles de tantas ciudades.

La segunda mirada que nos interesa es aquella capaz de reconocer la irreversibilidad de estos acontecimientos únicos, de intentar pensar a partir de la nueva politicidad que inauguran. Todos sabemos bien que lo que se abre con lo sucedido no es, desde luego, un recorrido lineal de acumulación hacia la liberación, ni siquiera la confirmación de una resistencia a la que ya sólo le faltaría extenderse cual mancha de aceite. El panorama es incierto y ambivalente, la paranoia securitaria no ha prendido aún plenamente en las cabezas, pero sin duda los movimientos en esta dirección de los aparatos de poder (incluso de los que se declaran contra la guerra) son inequívocos. ¿En qué consiste entonces la irreversibilidad? Irreversible es la marca que deja en la subjetividad el corte espacio-temporal de la lógica securitaria y del estado de sitio informativo a través de la toma de las calles del 13-M, una marca que enlaza y resuena con otras «tomas de la calle» anteriores: las de las citas del movimiento global, las de las movilizaciones contra la guerra del año pasado. En la continuidad de los lemas y de los gestos podemos rastrear la traza de esta irreversibilidad. Irreversible es también el modo en que lo global se ha instalado como materialidad concreta -y no como ese abstracto inaferrable que era antes- en nuestros corazones a través del triple atentado salvaje en los trenes de cercanías: porque global es la guerra de la que forma parte, el paradójico nihilismo integrista que lo maquinó directamente, los cuerpos -de inmigrantes y autóctonos- que mató e hirió, las consecuencias de los acontecimientos que ha desencadenado -como decían las mujeres de Precarias a la Deriva: desde el 11-M «sentimos el mundo desde cercanías».

Hablamos, sin duda, de una irreversibilidad no unívoca. Lo cierto es que el sustrato que hizo posible la salida a las calles -ese «mar de fuego subterráneo» del que hablaba Anselmo Lorenzo y que retoma Pere López Sánchez, hecho de malestares, descontentos y formas otras de lazo social- no son las realidades organizadas ni autoorganizadas, sino las mismas cuencas de cooperación social: esas redes ambivalentes, informales, difusas de socialidad, circulación de recursos, información y servicios -organizadas en torno a un motivo cualquiera: determinado gusto musical, la afición a los juegos de rol, la frecuentación de determinados es-pacios de socialidad- que en otro mo-mento sirven para pasarse contactos de curro o de comparación de las mejores ofertas del mercado y el viernes y el sábado fueron en cambio el canal de circulación de las convocatorias a través de mensajes de móvil, de producción de lemas y de confección de pancartas. Redes activadas primero por el afecto -¿quién no llamó aquella mañana a todos los amigos y familiares que vivían en Madrid, para preguntar si estaban bien, si se habían enterado de lo sucedido, qué pensaban al respecto?-, luego por la rabia y la indignación.

Podría decirse que el archipiélago de realidades autoorganizadas y ligadas a centros y espacios sociales es -utilizando las palabras del colectivo argentino Situaciones- un múltiplo -hecho a su vez de múltiplos, más visible y organizado en torno a una apuesta más o menos explícita de transformación de la vida a través de la actividad pública- dentro de esa multiplicidad absolutamente dispersa que el 13-M se enunció como común. Un múltiplo que no conoce y apenas tiene conexiones con esas otras redes subterráneas. Un múltiplo perdido en la fragmentación. A partir de aquí, el desafío hoy tal vez se cifre en cómo situarse como minoría activa tras la estela del acontecimiento colectivo del 13-M, en cómo intervenir a partir de la «potencia del presente» sin quedar paralizados ni por la dispersión ni por la complejidad: expresar, componer, interpelar esa multiplicidad fragmentada, opaca y ambivalente que el 13-M hizo irrumpir en el espacio público para luego volver a desaparecer. Madrid, 11 de abril de 2004


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