Contra los eufemismos que ocultan realidades incómodas.

Xiao Lon llegó hace 15 años a Barcelona, pero según el ayuntamiento es un nouvingut. Mariama sufre los controles de extranjería cada día, aunque su vecino holandés también es extranjero y a él nunca le piden los papeles. A Rashid, que nació en Bruselas como su padre y vive a 500 metros de la casa en que creció, le siguen tratando como al migrante que es, y a mí, que nací a 800km de donde vivo, nadie me dice "inmigrante", porque no lo soy.

El problema de los eufemismos es que la palabra que sustituye al término malsonante acaba adquiriendo su connotación. Así, los biempensantes ya no
saben si "hombre de color" suena peor que "negro", "minusválido" peor que "paralítico" o "indigente" peor que "pobre".

Una profesora de literatura que tuve en el instituto siempre ponía el mismo ejemplo: en Uruguay, la censura del régimen militar prohibía nombrar a los Tupamaros, pero se veía obligada a hablar de dicha guerrilla urbana aunque fuera para demonizarlos. Para ello, los periodistas acuñaron la expresión "los sediciosos" y, a fuerza de repetirla, la gente acabó llamándolos "los deliciosos".

Mucha gente siente incomodidad al nombrar a los migrantes, pero aún no se ha generalizado un término políticamente correcto para ello. Hay diferentes propuestas sobre la mesa. En este sentido, "nouvinguts", "extranjeros" y "personas inmigradas" son cada vez más habituales en folletos oficiales, trípticos del tercer sector y panfletos alternativos.

El problema no es (sólo) lingüístico, sino (sobre todo) de enfoque político. No pretendo en absoluto provocar una discusión semántica. Por el contrario, creo que, en este caso como en otros, el nombre que le damos a las cosas tiene más que ver con un posicionamiento político (explícito o implícito) que con una discusión filológica.

Los problemas y la discriminación que sufren esas personas, no están originados por haber "llegado hace poco". Es más, ni siquiera por su origen nacional, ni su lengua materna, sino por la condición de no-personas que tienen los migrantes. Por ser migrantes y no otra cosa.

Su discriminación está originada por el régimen de fronteras europeo, un engranaje de producción de ciudadanía jerarquizada que subordina sus derechos a su utilidad para el mercado europeo (tanto el formal como la economía sumergida, por supuesto).

Manuel Delgado dice "les llamamos inmigrantes, pero no lo son. Inmigrante, por definición, es quien migra. Quien ya se ha establecido aquí ha dejado de migrar, no tiene sentido seguir llamándolo inmigrante".

No estoy en absoluto de acuerdo. Antes que nada, porque "migrante" no es una categoría sociológica sino política. Es la frontera quien hace devenir migrante a una persona. Sin fronteras, no hay migrantes. Con fronteras, ser migrantes es diferente (es peor) que ser "extranjero", "nómada" o "viajero", figuras para las que la frontera es un simple formalismo que no limita.

Migrante es toda persona que tiene limitada la movilidad y, por ello, debe atravesar las fronteras. Dicho de otra forma, llamamos migrante a todo aquel que vive en la frontera y a quien la frontera condiciona su vida, independientemente de dónde haya nacido.

Porque la frontera, como hemos repetido en múltiples ocasiones en esta misma sección, no está sólo en el borde del territorio que dice delimitar. Las fronteras de la UE no son la raya que establece su delimitación geográfica, sino todo mecanismo biopolítico de control que establece quién es ciudadano y quién no, quién tiene derechos y quién no. La frontera establece una graduación de la ciudadanía que hace que atravesarla constituya una experiencia completamente diferente en función de factores que tienen que ver con la clase, el género, la dirección y el motivo por el que se intenta cruzar, etc.

La frontera está en el aeropuerto y en el puesto aduanero, claro, pero también en los controles policiales en el Raval, en la Comisaría de Via Laietana, en el CIE de Zona Franca, en la dependencia de los papeles al contrato de trabajo...

Por eso, NO es migrante el descendiente de indios de clase alta que estudia en una universidad elitista de Inglaterra.

SÍ es migrante el nieto de argelinos nacido en Francia y residente en una banlieue a quien la policía pide la documentación cada día.

NO es migrante la princesa saudí que reside en Marbella.

Sí es migrante la transexual brasileña a la que no dejan pasar en el aeropuerto a pesar de contar con visado de turista.

En todo caso, aunque esta definición sea discutible, creo que el uso de eufemismos para negar la realidad de la existencia de migrantes vinculada a situaciones de explotación por serlo, es peligroso.

Por ejemplo, quienes más énfasis ponen en llamarlos "nouvinguts" suelen ser quienes no quieren que vengan.

Es decir, los responsables de las administraciones, de los partidos políticos, sindicatos... que aprueban o apoyan las leyes de extranjería, limitadoras de la libertad de movimiento. Por un lado establecen los mecanismos para imposibilitar su tránsito y encima minimizan el sufrimiento que provoca "migrar" al sustituirlo por el indoloro "venir".

Tal vez el otro término que más me chirría es persona inmigrada. Para explicar porqué prefiero seguir usando la palabra "migrante", basta recordar a Cela, cuando puntualizó que él no estaba "dormido" sino "durmiendo": "no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo".

El participio me resulta incómodo, básicamente porque se refiere a un colectivo al que se victimiza constantemente. Ya se sabe que cuando los cayucos naufragan la gente que viaja en ellos son "pobrecitos inmigrantes, víctimas de una situación injusta" pero cuando el cayuco llega a la orilla esa misma gente se ha convertido en "potenciales delincuentes que vienen aquí arrastrados por las mafias". Víctimas o mafias, el caso es negarles su condición de personaas que deciden, apuestan, arriesgan por sí mismas. Por eso me niego a hablar de "personas inmigradas" como si fueran un objeto (fruto de unas condiciones que les convierten en el resultado) y prefiero "migrante" (sujeto activo que hace frente a una situación).

Por último, debemos recordar que extranjero no es siempre sinónimo de migrante. Un italiano/canadiense australiano que establece su residencia en Barcelona es extranjero, pero la frontera apenas le impone pasar por un sencillo trámite burocrático.

Resumiendo: es simplista pensar que migrantes son sólo aquellos que cambian de lugar de residencia y todos aquellos que lo hacen.

Porque migrante es una categoría sociológica solamente si por sociología entendemos, como decía Bordieu, un deporte de combate, una herramienta de lucha.

Hibai Arbide Aza, Artículo publicado en el Masala 51.