jueves 11 de septiembre de 2008
Jorge
Altamira (especial para ARGENPRESS.info)
La
crisis capitalista mundial ha ingresado en una nueva etapa. El domingo pasado,
el gobierno de Estados Unidos anunció el mayor rescate de la historia al tomar
bajo su protección a dos gigantes del crédito hipotecario, cuyos activos y
pasivos llegan a casi 6 billones de dólares. Al correr de la pluma, el
secretario del Tesoro incrementó al doble la deuda pública norteamericana, que
equivale ahora al ciento por ciento del PBI.
Apenas se difundió la información, algunos economistas interpretaron que el
tamaño de la nacionalización equivalía a un cambio de régimen social, y que el
país debía ser rebautizado con el nombre de Estados Unidos Socialistas de
América (Ussa). Pero la ironía tiene, de todos modos, su miga porque el Estado
se ha quedado ahora con la mitad de las hipotecas de viviendas (propiedad) y
con alrededor de un 12% del patrimonio inmobiliario del país (que está valuado
en 60 billones de dólares). Nada mal para un régimen político que ha impulsado
la privatización universal de los bienes estatales.
Default
Estamos,
en realidad, ante una declaración de 'default' que no tiene precedentes. Aunque
las empresas en cuestión (Fannie Mae y Freddie Mac) no dejaron de honrar
ninguna de sus deudas, dos informaciones dejaron ver que la cesación de pagos
era inminente. Una decía que los balances de estos bancos estaban fraguados en
dos aspectos esenciales: por un lado, de acuerdo con una auditoría del Morgan
Stanley, el valor de las hipotecas registradas en los libros no correspondía a
los precios de mercado, o sea que los accionistas no habían reducido el valor
contable de las hipotecas a medida que caía el precio de la vivienda en el
mercado, ni tampoco a medida que caían los títulos que financian hipotecas en
poder de otros bancos. También quedó claro que la valuación del capital
declarado no correspondía a la realidad, pues no se había registrado la
desvalorización de los bonos que forman una parte del total de ese capital.
Hubiera bastado que esta información llegara al público para provocar el
derrumbe del mercado financiero internacional, el cual en sus distintas
expresiones involucra a 80 billones de dólares (80 millones de millones).
Pero
otra información, más conocida, añadía que los bancos centrales y numerosas
entidades financieras del exterior habían comenzado a retirar sus inversiones
en dichas empresas. Cuatro bancos centrales tienen invertidos más de 1,5
billones de sus reservas en Fannie y Freddie (China sola, unos 500 mil millones
de dólares). Interrogado acerca de por qué tenía colocada semejante suma en
entidades con una posición tan precaria, un ejecutivo del Banco Central de
China retrucó preguntando en qué otro lugar hubieran estado más seguras. Estamos
hablando del 25% del total de las reservas internacionales de China.
El
objetivo de la nacionalización es prevenir una liquidación (venta) apresurada
de los títulos hipotecarios que tienen las dos entidades, que es lo que habría
ocurrido en el caso de un 'default'. Semejante liquidación es capaz de destruir
el valor de activos similares que tienen en su poder la mayoría de los bancos y
numerosas compañías, ni qué decir de los que prestaron plata a los dos
afectados. Por otro lado, ni Fannie ni Freddie hubieran podido pagar a sus
acreedores. Con la nacionalización se busca mantener (e incluso abaratar) la
obtención de los créditos necesarios para la continuidad de los negocios de
ambas empresas. Se estima que una estabilización del financiamiento permitiría
al Estado proceder a una liquidación ordenada de los créditos hipotecarios de
Fannie y Freddie a partir de 2010.
Todo
indica, sin embargo, que ocurrirá lo contrario, en primer lugar porque los
precios de las viviendas y de las hipotecas no han dejado de caer, ni tampoco
los títulos que financian esas hipotecas. O sea que el incumplimiento en el
pago de los créditos por parte de los que compraron viviendas a préstamo deberá
crecer. Por otra parte, los bancos entrampados en el negocio hipotecario buscarán
que Freddie y Fannie les compren sus títulos invendibles (que es una de las
funciones que éstas tienen asignadas por estatuto), más ahora que -con la
nacionalización- cuentan con financiación pública del Tesoro. El balance de las
empresas se va a inflar con una cantidad mayor de títulos invendibles por estas
dos razones, en lugar de reducirse. Es muy difícil, entonces, que en semejantes
condiciones las empresas en cuestión vean facilitado el acceso al crédito para
sí mismas. Si sirve como ilustración, digamos que el nacionalizado banco
escocés Northern Rock, ha tenido que recurrir al dinero público por un monto
igual a más del doble (100 mil millones de libras esterlinas) de su cartera de
títulos invendibles (40 mil millones). El equivalente para esta nacionalización
yanqui es una suma estratosférica. O sea que antes de poder sanear la
situación, el Tesoro norteamericano deberá inflar todavía más el esquema de
negocios que se ha derrumbado. Solamente para comprar la parte del capital
(acciones preferidas) que lo autoriza a manejar la empresa, el Tesoro deberá
comprometer 200.000 millones de dólares. La compra oficializará la depreciación
de esas acciones, lo que debe provocar un perjuicio rayano en la quiebra a sus
tenedores, la mayor parte en manos de bancos regionales de Estados Unidos.
Simultáneamente, la entidad que asegura los depósitos de esos bancos
regionales, Federal Insurance, se está quedando sin fondos para cumplir con ese
cometido.
La
gran depresión
Las
derivaciones de esta crisis son inconmensurables. La nacionalización, por
ejemplo, ha detonado la ejecución de numerosos contratos de seguro de los bonos
comprados a esas entidades. Ante el peligro de que se pudiera desatar un
reclamo de indemnizaciones por alteración de las condiciones de los contratos,
se está buscando un arreglo que le saque a la nacionalización cualquier
connotación de cesación de pagos. O sea que los yanquis deberán comenzar a
gobernar con leyes de emergencia o decretos de necesidad. El otro tema son los
fondos de pensiones, que tienen la mayor parte de su dinero invertido en esas
dos entidades, o sea que se encuentran en riesgo las jubilaciones de millones
de personas. Como advirtió el ejecutivo ya mencionado del banco de China: ¿en
dónde invertir el dinero que se retire de esas empresas? Un dinero que no rinde
no paga jubilaciones y erosiona el capital al ritmo de la inflación.
En
hipótesis, esta crisis no sería de difícil resolución, incluso ahora que
alcanzó proporciones devastadoras. Bastaría que el capital en su conjunto
ajustara sus balances a la pérdida de valor registrada por la propiedad
inmobiliaria. Sería como una 'quita de la deuda' aplicada en forma generalizada
a todos los créditos. La producción y su financiamiento se reanudarían sobre la
base de nuevos proyectos, y se reiniciaría el ciclo económico. Pero semejante
solución es incompatible con el capitalismo. En primer lugar, por ausencia de
una contabilidad social y de una autoridad universal, lo cual hace imposible un
ajuste generalizado de patrimonios. En segundo lugar, porque la posición de los
capitalistas en el mercado no es uniforme, o sea que la crisis los afecta en
forma diferente. Tercero, porque la quiebra de algunos capitalistas es la
oportunidad de negocio de otros capitalistas, o sea que forma parte de la
competencia capitalista. Es así que la posibilidad de un nuevo equilibrio
capitalista debe pasar por la prueba de la competencia entre capitalistas, o
sea por bancarrotas y crisis sistémicas. Pero estas bancarrotas y crisis pueden
marcar y, en última instancia marcan, el fin del proceso capitalista.
Cuando
los paniagudos ya estaban celebrando la intervención estatal a Fannie y Freddie
como una salida definitiva a la crisis, el cuarto banco de inversión en el
mundo, Lehman Brothers, anunciaba que no conseguía un equipo de rescate en
ningún lado. Estamos, por lo tanto, en las vísperas de una nueva quiebra y de
una nueva intervención estatal, porque alguien deberá hacerse cargo de los
títulos invendibles de este banco. Sumando aquí y sumando allá, Estados Unidos
va camino a contraer una deuda pública descomunal, sin precedentes, con
excepción de la Segunda Guerra Mundial. El déficit de presupuesto, de casi 500
mil millones de dólares al año, se irá por las nubes. La suerte del dólar está
echada -no por la competencia del euro, el yen o el yuan, sino por la quiebra
de las finanzas públicas.
Crisis
mundial
Ninguna
crisis es una 'verdadera' crisis hasta que no alcanza proporciones
internacionales, incluso si en este caso afecta nada menos que a Estados
Unidos. Pero la crisis es ya, desde hace bastante tiempo, internacional. La
quiebra de la especulación hipotecaria norteamericana ha puesto al descubierto
la especulación en hipotecas en numerosos países, uno de los cuales es China.
La urbanización fenomenal de China explica, con mayor razón que en cualquier
otro país, este fenómeno especulativo. Su derrumbe ha provocado una gigantesca
caída de la Bolsa: más del 60% (lo cual barre con cualquier suba anterior hasta
un 200%). Para hacer frente a este derrumbe, las empresas chinas han salido a
buscar financiación, que ahora es escasa y usuraria. Este endeudamiento,
combinado con la desvalorización de las inversiones internacionales de China y
con la caída que se registra en la tasa de ganancia e incluso en la producción,
plantea allí la emergencia de una crisis industrial.
El
ciclo iniciado con la incorporación masiva de China al mercado mundial (luego
de la crisis asiática de 1998 y de la recesión internacional de 2001) ha
concluido. Más allá de la pedantería de los economistas oficiales, que niegan
la recesión, la recesión mundial es un hecho porque afecta en todos lados a la
industria, porque hay una reducción sistemática de ganancias y de empleos,
porque hay caídas generalizadas de salarios, porque hay quiebras industriales,
porque hay una contracción del crédito en la mayor parte de los países. Lo
singular de esta crisis mundial es que, en primer lugar, tiene su centro en
Estados Unidos y no se limita a una recesión en la industria sino que afecta a
todo el sistema de relaciones de mercado. En segundo lugar, involucra a China y
a Rusia, que se presentaron al inicio del ciclo como una salida a la crisis
mundial. China y Rusia han sido reincorporadas como actores principales de la
acumulación mundial de capital como consecuencia de la restauración de la
propiedad privada. El derrumbe de los mercados de crédito abre un período que
cuestiona el conjunto de las relaciones internacionales establecidas en la
pos-guerra fría, aclarando que estas relaciones internacionales expresan, antes
que nada, una modificación de las relaciones sociales entre el capital y el
trabajo - avance del capital mediante un sistemático proceso de expropiación de
la fuerza de trabajo (en ella se incluyen todas sus conquistas sociales,
incluidas en ellas a los Estados que habían expropiado al capital).
'Bye,
bye Brazil'
La
nueva etapa de la crisis capitalista ya está asestando un golpe descomunal a
América del Sur. La presidenta de Argentina tuvo la mala idea de elogiar a
Brasil en vísperas del derrumbe del mercado de capitales brasileño, que ha sido
la viga maestra de su crecimiento en los últimos cuatro años. Brasil ha
atravesado una gigantesca especulación del mercado de consumo, financiado por
el ingreso de capitales del exterior, que ha tenido un costo extraordinario en
término de endeudamiento de los consumidores. El derrumbe brasileño se lleva
puesta a la Argentina en menos de lo que canta un gallo. 'Bye Bye Brazil'.
Pobre Lula, tan cerca de finalizar el mandato, recibirá una soberana lección de
marxismo 'na marra' (en la práctica, en los hechos).
El
mundo ha ingresado en una nueva transición, en la que tendrán lugar batallas
decisivas.