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enviar por emailTercer encuentro de las jornadas La tierra de nadie en la red de los nombres
Publicado el 30.03.06 , por Espai en Blanc
Las fronteras se borran. Entre dentro y fuera, entre guerra y paz, entre Estado-nación y economía mundial se han venido abajo los límites. Y, sin embargo, sabemos que las fronteras se multiplican al infinito. Por un lado, nuestra experiencia diaria es la de una privatización del espacio y por otro, las fronteras de alambradas que se clavan sobre los cuerpos de los inmigrantes. La identidad que tengo viene definida por las fronteras que puedo atravesar. ¿No sería más adecuado hablar de espacio fronterizo en lugar de frontera, de un espacio fronterizo que recubre toda la tierra y en el cual habitamos? En el espacio fronterizo coexisten las zonas duty free con los centros de internamiento, el supermercado con la comisaría. Pensar esta nueva espacialidad es la condición para poder agujerearla. ¿Cómo se gestionan los ilegalismos? ¿Cuáles son las periferias del espacio fronterizo? ¿Y qué nuevos conflictos son esperables?
“Mientras la economía-mundo se base en lo que Weber llamaba la “lucha económica por la existencia, atroz y carente de compasión que la fraseología burguesa designa como “pacífico trabajo de la civilización””, la guerra en cualquiera de sus formas – tradicional o innovadora – será el sistema de conexión de la vida social global. Para nosotros que habitamos en el recinto más o menos protegido por el imperio, se trata como máximo de la inmersión en la cultura de la paranoia y de los ecos de estruendos lejanos o cercanos. Para todos los otros, enemigos reales o virtuales, se trata de la posibilidad concreta de la destrucción o de la muerte… Nos corresponde a nosotros, habitantes de la constelación imperial, el deber teórico y político de empezar a desconstruir el racismo global sobre el que se ha edificado el estado de guerra actual y que identifica su proyecto cada vez de forma más explícita.” A. Dal Lago: La guerra-mundo. Publicado en R. Bergalli/I. Rivera Beiras (coord..): Política criminal de la guerra. Anthropos. Barcelona. 2005
“El mundo que la sociedad-red organiza ya no tiene afuera. Las fronteras atravesadas continuamente por los flujos de capital, mercancías, imágenes… son desrealizadas. No hay límite alguno a la inmanencia del capital. A la vez, las fronteras se levantan como muros insuperables que separan absolutamente quien está de un lado o del otro. La frontera se efectúa sobre los cuerpos de quienes persiguen ingresar en el mundo. La (auto)movilización de la vida desrealiza y efectúa la frontera. Sólo hay un mundo unificado por un espacio fronterizo… El espacio fronterizo es un inmenso campo de concentración que tiene un cartel colgado en la entrada en el que el poder afirma: “Todo me está permitido”. El espacio fronterizo es un inmenso supermercado de los valores que tiene un cartel colgado en la entrada en el que el poder afirma: “El diálogo os hará libres”. El exilio es un regalo que el espacio fronterizo no hace. S. López Petit: Amar y pensar. El odio del querer vivir. Ed. Bellaterra. Barcelona. 2005.
“Vinculada a los migrantes, la categoría de derecho de fuga viene así a cumplir sustancialmente dos funciones. Por un lado, en contra de la reducción, hoy en boga, del migrante a “típico exponente” de una “cultura”, de una “etnia”, de una “comunidad”, el derecho de fuga tiende a poner en evidencia la individualidad, la irreductible singularidad de las mujeres y de los hombres que son protagonistas de las migraciones: lejos de poder ser asumidas como presupuestos naturales de la identidad de los migrantes, “culturas” y “comunidad” se desvelan, así, como específicas construcciones sociales y políticas, sobre cuyos procesos de producción y reproducción es necesario interrogarse. Por otro lado, esta insistencia en la singularidad concreta de los migrantes permite iluminar los aspectos ejemplares de su condición y de su experiencia: definida en el punto de intersección entre una potente tensión subjetiva de libertad y la acción de barreras y confines a las que corresponden técnicas de poder específicas, la figura del migrante concentra en sí, en otros términos, un conjunto de contradicciones que atañen estructuralmente a la libertad de movimiento celebrada como uno de los pilares de la “civilización” occidental moderna.” S. Mezzadra: Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización. Traficantes de sueños/Tinta Limón. Madrid 2005.
“La segmentación étnica del territorio no es solamente una realidad estadística. Está incrustada en las relaciones sociales, o sea, en las identidades… Pero no hay que engañarse respecto al sentido de la noción de “etnicidad”. Ésta no remite a ninguna particularidad racial en un sentido biológico, a ningún rasgo natural. La “etnicidad” es una construcción social, un proceso y no un estado, que aparece en las relaciones entre los diferentes grupos de la población. No significa la existencia de grupos “étnicos” sino que designa una categoría ligada a la percepción se sí mismo y a la relación con los otros, sabiendo que las fronteras no son inmanentes sino flotantes, afirmadas a posteriori, reconstruidas según las situaciones, e incluso abandonadas según los contextos.” C. Avenel: Sociologies des “quartiers sensibles”. A. Colin. Paris. 2004.
“En realidad, no es una empresa fácil trazar una fenomenología de la globalización, y no por falta de evidencias materiales, sino más bien porque se trata de diseñar un mapa sin utilizar las coordenadas geométrico-políticas de la modernidad. La globalización, en efecto, es esencialmente, ruptura, ausencia de límites, deformación de geometrías políticas… El espacio político del Estado social, el espacio de la democracia era el pluralismo de los intereses y de las ideologías, hoy, en el espacio globalizado, el espacio político se ha convertido en inextricable complejidad. Y este conjunto de universalización y de particularización, de homogeneización y de diferenciación y de fragmentación, de dislocaciones y de nuevas espacializaciones, de caoticidad y de nuevas opoertunidades, de aperturas y de cierres, está en contradicción en un sentido no estructural ni dialéctico. En suma: no es un sistema.” C. Galli: Espacios políticos. La edad moderna y la edad global. Nueva Visión. Buenos Aires. 2002
“En este proceso, la ciudad global se reconfigura como un espacio en parte desnacionalizado que permite reinventar parcialmente la ciudadanía. Esta reinvención desvía la naturaleza efectiva de la ciudadanía desde sus aspectos formales, la nacionalidad estrictamente definida en los códigos, hacia la afirmación de una amplia serie de intereses particulares, desde las protestas contra la brutalidad policial y la globalización, has las políticas de orientación sexual y la ocupación de inmuebles... De hecho interpreto estas formas de acción política como un movimiento por el ejercicio de la ciudadanía que gira en torno a la reclamación de nuevos derechos. No se trata exclusiva o necesariamente de prácticas urbanas. Pero es sobre todo en las grandes ciudades donde podemos observar simultáneamente las mayores desigualdades y las condiciones que se avienen mejor con estas prácticas ciudadanas. Además, en las ciudades globales estas prácticas conllevan también la posibilidad de emplear directamente formas estratégicas de poder, algo que considero significativo en un contexto progresivamente privatizado, globalizado y escurridizo.” Saskia Sassen: Contrageografías de la globalización. Traficantes de sueños. Madrid. 2003
“La posición del/la “extranjera/o” se sitúan en alguna medida de forma paralela con la posición de lo ”queer” a nivel del efecto interpelador creado por las políticas de exclusión estatal. Lo “queer” es lo silenciado, lo no visible, lo que sólo se articula como sobredeterminación, exagerando, ya sea el lado seductor o el lado carnavalesco. Es lo no articulado dentro del marco oficial de representación o lo escondido detrás de clichés de lo exótico o lo grotesco, evadiendo así la seriedad de la existencia de lo “queer” como complejidad social. Lo “queer” se ha transformado en algunas metrópolis occidentales en marca de consumo, puesta también en la pantalla por unos medios de comunicación empeñados en resaltar lo excéntrico y lo trágico. En la representación mediatizada, sobre todo de los “gays”, resalta el glamour, lo “camp”, la travesti, racializando u orientalizando figuras que ocupan una posición única por su procedencia geográfica o por su color de piel. En estas representaciones la posición de la/el “extranjero” es presentada mediante la acentuación de características fenotípicas y el manejo de la lengua.(...) Mientras que se encuentran rasgos paralelos en la representación de lo “queer” y de lo “extranjero”, los mecanismos a través de los que se construyen estas dos posiciones, así como las posiciones en sí, no son idénticos, ya que la posición de la “extranjera” no es silenciada, sino que más bien se crea sobre la base de su pronunciación pública, creando un doble efecto paralelo de visibilidad e invisibilidad. El marco-geopolítico en el que estas dos categorías se encuentran en el contexto de la inmigración y el asilo, resalta las diferentes genealogías y los hilos entrelazados que impactan sobre los sujetos migratorios y/o queer. Teniendo en cuenta esto no se trata de recrear el marco de la doble o triple opresión, sino más bien de resistir el intento de homología entre lo “queer” y lo extranjero como dos efectos de diáspora inter- y contrapuestas.” Gutiérrez Rodríguez, Encarna (2005). "Anhelos diaspóricos y la pequeña libertad: sexualidad, migración y precariedad." En Grupo de Trabajo Queer (Ed.): El eje del mal es heterosexual. Figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer. Madrid: Traficantes de Sueños, pp. 73-85.
“El activismo queer no sólo cuestiona que la acción política tenga esa base “natural” y estable (ser “gay”, ser “transexual”), sino que va más allá incluso de la defensa de la mera “diferencia” de los gays y las lesbianas y de la “tolerancia” hacia ellos. Los grupos queer rompen el determinismo identitario, que había sido necesario en su momento para la movilización, y se rebelan contra la concepción de las identidades como algo inamovible y contra las relaciones de poder que se establecen en el seno de esas identidades; defienden en cambio una visión de las identidades como afinidades del “aquí y ahora” más que como esencias inmutables e incontaminables”. Trujillo Barbadillo, Gracia (2005). "Desde los márgenes. Prácticas y representaciones de los grupos queer en el Estado español". En Grupo de Trabajo Queer (Ed.): El eje del mal es heterosexual. Figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer. Madrid: Traficantes de Sueños, pp. 29-44.
Queremos hablar de lo que se difumina, de lo que nos lanza a todos al mismo saco, de lo que nos separa y de lo que nos atraviesa.
“Espacio fronterizo”: De nuevo, la bofetada de la realidad nos obliga a dejar tras nosotros el lenguaje y parir nuevos conceptos, para salirle al acecho.
No se trata del sumatorio de las fronteras sino de la redefinición de todo el espacio político, la locura de enfrentarse a un Check Point Charlie movedizo… Soy las fronteras que puedo atravesar y, al tiempo, con ello, redibujo el mapa de este espacio fronterizo que es ya la realidad. ¿Qué está pasando?
Un jueves 30 de abril de 2006. Un nosotros. Una Barcelona.
El funcionamiento de las fronteras… Hemos dejado atrás las fronteras, para encontrarnos con ellas. Son tiempos de globalización. Hemos dejado atrás las fronteras y sin embargo las encontramos de nuevo: están aquí y allí, se multiplican al infinito, se hacen internas a cada uno de nosotros que las acompañamos, las (ex)portamos. La oposición dentro-fuera ha dejado de funcionar como categoría política, y todo el espacio político, lejano ya del mapa del Estado-nación y su contorno, es un espacio fronterizo en el que no entran en juego ya, o no sólo, espacios físicos sino campos de experiencia: las vallas que se clavan en los cuerpos que ansían rebajar un grado el nivel de su precariedad; la segmentación étnica, instrumentalización de las identidades; el régimen de conexión-desconexión que dibuja la actual sociedad-red; la privatización del espacio público tal y como nos lo ofrece, con una sonrisa, el discurso del civismo; experiencia, en fin, de la privatización de la vida, de mi biografía aislada, del aguarse de lo común.
Espacio fronterizo. Llevamos con nosotros las fronteras, pero ¿qué significa ser “seres de fronteras”? Hoy se habla de cosmopolitismo, pero el concepto queda encerrado en una semántica meramente formal. Hoy son el extranjero, el clandestino, el hombre anónimo, el queer, las figuras que representan los seres fronterizos, que hablan “espacios de transnacionalidad”, espacios de anonimato.
Y las migraciones como desveladoras del espacio fronterizo… La frontera, en el sentido clásico, es hoy “espacio caliente” del panorama político.
Es, en primer lugar, un espacio tenso, conflictivo porque si bien en ella se muere, es también en ella donde nacen hoy nuevas maneras de vivir, las que se dibujan en los rostros oscuros que merodean las calles de Ceuta o en los que deambulan en las banlieues de una Francia hoy en ebullición.
Hay, en segundo lugar, en las mismas fronteras, síntomas de una transformación general de éstas, afectadas hoy por un doble movimiento: un desplazamiento hacia el exterior (de Marruecos a Mauritania) y una reinscripción dentro del espacio político-social interior, siendo el hilo de estas transformaciones el movimiento migratorio mismo y el consiguiente intento de controlarlo. Se opera hoy un desafío a la frontera misma, un desplazamiento de ésta hacia fuera, lo cual afecta al territorio político europeo, que ve indeterminarse el punto fronterizo de su espacio. Al tiempo, la ciudadanía europea se observa, cada vez más, cruzada por fronteras internas.
Para vislumbrar el tipo de conflictos que se desarrollan alrededor de las fronteras y de la gestión de la movilidad, se hace necesario distinguir entre, por una parte, las luchas de los mismos inmigrantes y, por otra, las “luchas de la migración” que afectan a individuos que no son ellos mismos migrantes. Es en esta última donde se esbozan focos de una nueva lucha, la apertura de una nueva politización.
Toda Europa es ya un campo fronterizo, lo cual puede suponer un punto de partida para abrir espacios comunes, nuevas maneras de vivir en el territorio europeo.
En sí, la frontera es una estructura ambivalente: se da en ella una cristalización de la violencia que se reproduce, consecuentemente, en las relaciones sociales. Al mismo tiempo, siendo, por definición, aquello que se puede cruzar, la frontera supone un espacio de encuentro. La cuestión es: ¿hay que cruzarla? Estamos ante lo que podríamos llamar una “política de la frontera”.
A raíz de las dificultades y de los conflictos sociales (la reivindicación de las mujeres musulmanas a llevar el velo en contextos laicos como el de la escuela, el hecho de que para un inmigrante la tardanza para adquirir los mismos derechos que un “autóctono” pueda resultar hasta de 20 años) que deben enfrentar los inmigrantes que se incorporan a nuestras sociedades, éstos generan una capacidad de riesgo, una fuerza para enfrentar dichas situaciones que puede ocasionar desplazamientos de importancia al modificar las relaciones sociales, al generar dichos conflictos.
La realidad que está ante nosotros… ¿Qué realidad designa el concepto “espacio fronterizo”? Con “espacio fronterizo” se quiere señalar que estamos, de facto, ante un continuum represivo. Nos encontrarnos simultáneamente ante un supermercado de valores y en un campo de concentración. Los movimientos de inmigración que se están produciendo interrumpen la realidad de modo que ponen al descubierto esta conformación de nuestro espacio, este espacio fronterizo, actual.
¿Qué tipo de realidad es la que corresponde a este espacio fronterizo? Se trata de una realidad blanda, plural, viscosa y dura como una pared. Es una realidad opaca que no entendemos, y que es esencialmente despolitizadora. Si el lema del poder ha sido –ya desde los romanos con J. César- “divide y vencerás” - entonces hoy la realidad efectúa lo que el poder es. Es la realidad misma la que nos divide y separa. Nada es propiamente lo que es. El empresario es menos que empresario ya que depende de los bancos. El trabajador es más que trabajador ya que debe ser capitalista de sí mismo. Las identidades se mezclan, y a la vez se separan. Pero la parte no encuentra la contra-parte. Porque nada es político. Por eso hoy todo es politizable.
La experiencia de la frontera se pega a nuestra realidad. La vivimos en situaciones ocasionales, inesperadas como puede serlo la entrada al edificio de Hacienda, que supone un momento de registro y de control de bolsos y todo tipo de objetos. Se pone una frontera bajo la cual se esconde la violación de la presunción básica de la inocencia, derecho de toda persona.
La experiencia de la destrucción de las fronteras puede ser también algo a la mano, cercano, como la experiencia de las cooperativas de vivienda: compartir espacios en vez de dividirlos.
En este espacio fronterizo, es posible también preguntarse qué pasa con los que no emigran. Y en el espacio de la subjetividad, ¿qué huellas del exilio se remueven? Sería necesario, para abarcar estas cuestiones, replantearse los mitos de origen, volver a pensar las identidades. ¿Se hace esta tarea realmente necesaria a partir de los nuevos movimientos migratorios? Si bien existen, en las religiones judaica y azteca, mitos que recogen en su interior el significado de la emigración, en el corazón de Europa encontramos a Hegel que sitúa a Europa (y a sí mismo como filósofo…) como Forma mitológica. Quizá, entonces, lo decisivo sería no investirse uno a sí mismo de “occidental”.
Es importante notar que vivimos ya en un mito constante construido sobre la figura del inmigrante. Es el Mito del inmigrante, si bien quizá nunca nos hemos planteado en realidad la cuestión de quién es. No es alguien que viene para quedarse; la gente que inmigra a Europa no lo hace para ser europeo. Es difícil acostumbrarse, la idea de volver al origen está siempre presente.
Lo esencial, en los movimientos del espacio fronterizo, es que se registran continuamente desequilibrios, injusticias: ¿por qué no se usa la policía también con (las migraciones de) los mercados de capitales?
Otro tipo de fronteras que se generan en la realidad redefinida ya como espacio fronterizo son los denominados, en el ámbito del Marketing, “nichos de mercado”. Los programas actuales de venta no sitúan su objetivo en la publicidad de un artículo sino en la creación de identidades de consumidor, de “ghettos”, “perfiles de usuario”. El mercado redefine, por su parte, y de este modo, nuevas fronteras.
Las fronteras que llevamos con nosotros… ¿Cómo entender un silencio? El espacio fronterizo genera distancia. Aparentemente las distancias se diluyen, el espacio se homogeniza. Pero siguen en pie fronteras otras que inauguran nuevas distancias, que nos separan e impiden el contacto, la gestación de lo común. Que nos abandonan en un silencio. Quizá ante esto deberíamos partir en busca de las “herramientas” que nos permitan acercar estos sentidos nuestros, nuestros lenguajes que parecen al tiempo tan diferentes. Somos biografías aisladas sobre sí mismas que, en un espacio homogéneo, no se atreven a acercarse. ¿Por qué se da esta imposibilidad? ¿Es a causa del miedo? ¿miedo a qué? Cuestiones todas éstas que se juegan en el terreno de lo íntimo. Frontera e intimidad.
Clasificar es levantar una frontera… Si bien a propósito de la cuestión de la frontera y, con ella, de la inmigración, se tiene entre manos constantemente las diferentes políticas de exclusión, no es poca la importancia, en la visión de este nuevo espacio fronterizo, de lo que sería el reverso, el complemento: las “políticas de integración”. En ellas se trata de gestionar la diferencia. ¿Qué ocurre, cómo se maneja (cómo se está manejando) una “identidad diferente”, ya sea física o psíquica? Actualmente estas identidades diferentes se construyen, evidenciándose esta construcción en dispositivos como por ejemplo las “aules de acollida” (aulas de acogida) en el ámbito de los institutos. Por su parte, las escuelas mismas sancionan con el nombre: “Escuela para psicóticos”.
El momento de fijación de la identidad, el momento del imaginario es un secuestro: alguien dice “soy bipolar”, “soy bulímica” y cuando hace esto, cuando se autonombra y se categoriza, se produce ya una alienación, es el esclavo que se nombra con el nombre del amo.
¿Qué es lo que se secuestra en esta alienación? ¿una persona, la vida…? ¿Qué? ¿Qué es lo que se resiste a ser secuestrado? Dentro de nosotros hay algo que quiere vivir y no tiene espacio…
Si bien en un primer momento parecería que la diferencia es aquello que se nos secuestra bajo toda política de integración, en realidad se hace evidente que hoy las diferencias, sin mayor problema, se reconocen. ¿Qué es lo que se secuestra, entonces…?
Esta identidad que se nos (im)pone y de la que somos partícipes involuntarios, ¿cómo podemos apropiárnosla, subvertirla? Frente a un terapeuta que se niega a diagnosticarme, que responde con silencio ante la pregunta estándar “¿qué me pasa, doctor?”. El silencio abre un espacio vacío, un abismo…
Y no se trata de olvidar el trastorno, sino de desplazarlo hasta un espacio no gestionado. ¿Cómo se le da espacio a este trastorno? Los problemas, debido a todas las políticas que rodean esta cuestión, son varios: de este diagnóstico dependen ayudas a personas, subvenciones a instituciones… Pero si bien cada uno ocupa, en el espacio así establecido, su papel, en cuanto una persona se desencaja… se desencajan todas! Basta que uno rompa este cristal. ¿El cristal del sentido común?
En una realidad que es ya espacio fronterizo todos nuestros gestos se vuelven políticos. Si la vida es el campo de batalla, eso significa que nuestra existencia es, ni más ni menos, lo que politizamos. Esta politización, la defensa de una posición que gran parte de las personas no comparte, es lo que genera soledad. Ante este “sufrimiento” causado por la politización, se echa en falta un espacio de “lo terapéutico”. “No se puede sufrir tanto”.
Cruzar la frontera e ir más allá… Intentar hacer una visión general de las fronteras hoy nos lleva a enumerar las siguientes: existen, indudablemente, fronteras geopolíticas; existe la frontera de lo que podemos soportar; también está la frontera de lo inconmensurable; de lo conocido y lo ignoto; del sueño y la razón. De ahí, se puede concluir con un “yo quiero ser fronterizo”, ir a la frontera misma, al límite. El ser fronterizo es el que puede ir siempre “más allá”. Si bien, el camino será colectivo. Si cada uno es la frontera que atraviesa, una de esas formas podría ser la de la comunidad. Se trataría de concentrar puntos de conexión, para allanar el miedo a pasar la frontera.
El papel del miedo siempre está presente en la cuestión del espacio fronterizo. En realidad, cuando nos planteamos la opción de abrir las fronteras, somos conscientes de que desconocemos lo que pasaría y esta falta de previsión, este desconocimiento es difícil de soportar.
Si el miedo es un enfrentarse con lo desconocido, en la actual privatización de las vidas, es imposible que no nos cale el sentimiento de miedo. Al tiempo que cada uno solo hace sólo su vida, en un espacio fragmentado, la supervivencia se juega en la conexión a los flujos que forman el entramado social. Así, desde la soledad de nuestras vidas fragmentadas –que no resulta un estado de por sí rechazable- debemos ir “hacia fuera” para incorporarnos a la red de relaciones. Este vaivén es lo que está marcado por el miedo. Digamos que no sólo ocurre el hecho de que se cree una frontera sino el estar, consecuentemente, obligado a saltarla. ¿Es en esta diabólica construcción donde se instala el miedo?
Quizá la auténtica frontera sea la realidad misma. Quizá las fronteras son muchas y están ahí para que las saltemos (“supera tus propios límites”, “ten ansia de superación”) y, saltándolas, no alcancemos a dar nunca “el gran salto”, en el que dejemos atrás, subvirtiéndolas, las coordenadas de esta realidad.
Y, sin embargo… urge, si bien no saltar la frontera, sí abrir la grieta por la que, saliendo del aislamiento, podamos avanzar hacia la construcción del espacio de un nosotros…