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enviar por emailCuarto encuentro de las jornadas La tierra de nadie en la red de los nombres
Publicado el 27.04.06 , por Espai en Blanc
En la sociedad red cada uno se juega, solo, su relación con el mundo. Somos individuos conectados, comunicados pero aislados. Encerrados en una vida privada, muchas veces privada de vida, tenemos que hacer frente a una guerra cotidiana para no caer fuera del mundo. La hipoteca, la precariedad, etc son amenazas que nos acechan a cada uno en su soledad. ¿Dónde encontramos hoy cómplices? ¿Qué espacios colectivos se nos ofrecen? ¿Qué forma adopta el nosotros? Por un lado, el repliegue identitario en grupos étnicos y culturales es creciente. Por otro lado, la sociedad consumista y clientelar nos agrupa en la defensa de intereses particulares. Pero sabemos que la experiencia del nosotros no tiene nada que ver con todo esto. ¿Dónde buscar entonces los espacios de lo colectivo y de lo común?
“Hay una contradicción constitutiva de la modernidad: se trata de la negación de la comunidad tradicional a cambio de la promesa de realizar una comunidad de iguales. La paradoja de la modernidad consiste en anticipar la realización de esta promesa en el formalismo de los derechos; su tragedia, en la comprobada imposibilidad de la comunidad en el interior de la estructura del Estado burocrático… En contra del formalismo sistémico, que es expresión y a la vez punto de llegada de la empresa modernizadora de neutralización de la alteridad y del conflicto, la hipótesis de P. Barcellona es que entre el Estado y el individuo sigue existiendo ineliminablemente, la dimensión propiamente social.” P. Barcellona: Postmodernidad y comunidad, Madrid. 1992.
“¿Por qué surge la comunidad? La comunidad no se origina porque haya una incompletitud esencial en el hombre. Ni porque esta incompletitud remita, paradójicamente, a un exceso. La economía del nosotros no es ni la del defecto ni la del exceso, sino la de la ambivalencia. La comunidad se funda en la finitud de los seres mortales, pero no porque mueren, sino porque quieren vivir. La muerte no es la verdadera comunidad. Es el querer vivir. La comunidad, en tanto que espaciamiento del querer vivir, sobredetermina la ambivalencia. Decíamos que en la soledad la ambivalencia subía a la superficie. Ahora, la ambivalencia, reducida y dominada, es interiorizada. En la comunidad, la ambivalencia del querer vivir es organizada: puesta en el centro y re-partida. Por esa razón, toda comunidad es siempre opaca.“ S. López Petit: Amar y pensar, Barcelona. 2005.
“La lógica subyacente al sistema capitalista es a la vez sencilla y brutal: al final, el derecho a la existencia está garantizado solamente para lo que es rentable.Y no basta el lucro por si mismo, debe estar de acuerdo con el nivel de rentabilidad, que hoy está colocado, en términos capitalistas-financieros, cada vez más alto. Esto significa dos cosas: primero, el capital tiene un hambre infinita de trabajo humano, que debe transformarse, en función del fin propio de la valorización irracional, cada vez en más capital. La ambición capitalista de explotar la fuerza vital humana está obligada a seguir este mecanismo. Todos aquellos que no tienen capacidad de trabajar son por principio "vidas sin valor". (para evitar que el sistema se colapsara). El Estado tuvo que crear racionalmente las áreas secundarias, derivadas, de la "vida indigna de vivir" fuera de la rentabilidad, por medio de impuestos, contribuciones y sistemas de seguridad, por tanto, en cierto modo por medio de la "sangría" del proceso rentable de valorización. De acuerdo con su extensión, esto fue visto como más o menos "social". Pero con la tercera revolución industrial, esta expansión se ha parado. El nivel de rentabilidad es demasiado elevado, cada vez inmoviliza a más válidos para el trabajo. Este sistema de odio a la vida ya no se deja engañar. Es el propio principio absurdo de rentabilidad el que tiene que caer. ¡NO RENTABLES, UNIOS!” R. Kurz
“Es necesario dejar claro que no puede haber comunidades cerradas. Una comunidad cerrada sería insoportable. Estamos demasiado acostumbrados a la libertad para no considerar que una comunidad cerrada sería como una prisión. Por otra parte, vivimos en un mundo globalizado y la comunidad no se puede crear artificialmente. La sentencia: “es magnífico vivir en una comunidad”, demuestra por sí misma que uno no forma parte de una comunidad, porque una verdadera comunidad sólo existe si no es consciente de que ella misma es una comunidad. La comunidad se acaba cuando surge la elección, cuando el hecho de formar parte de una comunidad depende de la elección del individuo. Nuestras comunidades actuales no son cerradas, sólo se mantienen porque sus miembros se dedican a ellas, tan pronto como desaparezca el entusiasmo de sus miembros por mantener la comunidad ésta desaparece con ellos. Son artificiales, líquidas, frágiles.” Entrevista con Z. Bauman (DANIEL GAMPER - 12/05/2004).
Zibechi, Raúl, Dispersar el poder. Los movimientos como poderes antiestatales, Buenos Aires, Tinta Limón, 2006.
Negri, Antonio, Multitud, Madrid, Debate, 2004.
Nancy, Jean Luc, La comunidad desobrada, Madrid, Arena, 2001.
Agamben, Giorgio, La comunidad que viene, Valencia, Pre-textos, 1996.
Esposito, Roberto, Communitas: origen y destino de la comunidad, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.
Bauman, Zigmund, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Madrid, SigloXXI, 2003.
El encuentro del 27 tuvo esta peculiaridad: se trataba de agarrar lo que había sido el motivo central desde el comienzo de las trobades: qué significa hoy realizar la experiencia de lo común, verse embarcado, montado a lomos de un nosotros… qué destrozos en la subjetividad deja a su paso esta experiencia y en qué espacios es hoy posible llevarla a cabo: Dónde nos encontramos. Dónde estamos. Dónde estáis.
La presentación se empeñó, desde el principio, en ser invitación. Pensando en cómo articularse, todo indicaba hacia una única cuestión, con la que valía la pena comenzar: ¿Qué ocurre para que hoy la cuestión del nosotros se nos presente como un problema, como una cuestión que debe ser (re)pensada? ¿por qué esta paradoja: que para nosotros se haya convertido en cuestión el propio nosotros?
Y sobre ello, para empezar, un par de notas: Hoy la dimensión de lo común no encuentra espacio en el mapa de fragmentación social, en la privatización de las existencias en que se ha convertido nuestro presente. Cada uno de nosotros “se lo trabaja” solo, y así, solo, gana o pierde, en su relación privada con el mundo. El encuentro es continuo, las conexiones, innumerables, infinitas y sin embargo, bajo cada momento, nada… o todo… todo lo mismo, de nuevo reafirmándose. Cada uno es llevado a trazar sus propios proyectos, su valor añadido, a fortalecer su identidad individual, que lo reafirma como individuo -movilizado. Cristales, que irrumpen con cortes limpios en el sitio de lo común. En el otro extremo, los simulacros de comunidad que eclipsan el espacio de lo común hasta desteñirlo y borrarlo del mapa; las bocas llenas de conceptos: “lo público”, “lo cívico”, “la ciudadanía”. Puros simulacros de lo colectivo, en donde cada uno de nosotros encajamos como en un puzzle que deja fuera, desencajado, lo que no colabora a producir la figura final: un conjunto “armonioso”, en donde todos sonreímos, como para la foto, ocupando nuestro lugar, que es móvil pero trazado, como el del carril-bici.
En medio de todo esto, sin embargo, saltan chispas, algo no encaja, se construyen islotes de resistencia, se abren grietas, nos autoconvocamos provocando encuentros, en los que queremos darnos a nosotros: Y entonces, ahí… ¿qué pasa?
Si hoy el Nosotros no se queda, es esta fugacidad la que lo limita a ser una experiencia, un momento intenso compartido, un acontecimiento repentino que no aparecía en la agenda y que se da desafiándola: frenar juntos un desalojo, poner todas nuestras miradas en el parto de esa amiga, o encontrarse, diferentes generaciones, activas, en torno a un mismo fuego… un Nosotros que sólo dispone de momentos, existiendo en torno a éstos.
Pero ¿y más allá de ese fuego? ¿Se puede dar un nosotros que no sea “frente a” algo? Cuando el espacio común que queremos abrir no encuentra ya su terreno en el formato de organización tradicional, parece que la experiencia de un nosotros se derrite, desaparece si la queremos coger, se da de modo ocasional, circunstancial, y motivada por la existencia de una causa de lucha.
Pero si bien esto es así… algo nuevo ocurre hoy cuando la lucha es ya frente a la realidad. ¿Qué supone, entonces, esta nueva guerra para la constitución de la experiencia de un nosotros? Al tiempo que todos estamos aislados, las líneas que nos cortan, aunque por diferente punto a cada uno –lejos queda la patera del metro que cojo cada día para ir al trabajo…-, aunque a cada uno con su herida, son las mismas: líneas de una sola realidad, la de la precariedad que, con el sistema, se globaliza. ¿Hay, entonces, sólo un frente de lucha: la realidad?
Parece que la destrucción o reformulación de la propia identidad es una tarea unida a la experiencia de un nosotros. Reformularse uno mismo para lograr formular, siquiera, un esbozo del nosotros.
Este nosotros es, de cualquier modo, transfronterizo: Argentina, Francia…los frentes de lucha atraviesan espacios lejanos… para unirlos en la distancia. El nosotros, vital, más que identitario.
Si pensamos que el problema de la identidad no existe… y es sólo una cuestión discursiva, dejándolo atrás, el nosotros estaría tejido con comunidades de lucha, sería una experiencia discontinua: un nosotros como un conjunto de milésimas que no llega a ser (un) uno. Se vive en medio de la derrota, y en ella sólo un nosotros irónico logra sobrevivir, cabalgando sobre la única estrategia posible: la de la guerrilla, que formamos cada uno de nosotros, vidas rotas. Nosotros, como máquina de guerra.
El problema de la identidad es, entonces, secundario. Las prácticas son lo importante, en ellas irrumpe el nosotros, que podrá, si así se quiere, ser insertado, luego, en un hilo narrativo.
Romper la dinámica nosotros-espectadores, deshacer la ghettización del nosotros, parece, en las actuales condiciones, uno de los problemas que todavía se deben abordar. Yo resisto y tú me miras o me ignoras: ¿qué trozos de realidad se interponen entre mi lucha y tu indiferencia? Figuras herméticas e indiferentes caminan cerca de la plaza que está siendo okupada. Pero no oyen nada. Y siguen. Son esos “los otros” que sólo vemos porque, borrosos, a lo lejos, van dejando una nube de miedo tras ellos. Hoy el miedo nos comprime, y nos hace pequeños, nos hace “individuos”. ¿Cuál es la relevancia que este nuevo inquilino tiene para el horizonte del nosotros? Miedo a caerse fuera de la realidad y miedo también al ver la potencia que encierra el nosotros que, sin embargo, nos lleva, al tiempo, a perder el miedo, a romper con la incerteza que nos acompaña en nuestro mano-a-mano contra la realidad.
“No me gusta el mundo. No me gusto yo”. No estoy dispuesto a aguantar la soledad. Por ahí pasa el nosotros. Así, la cuestión de la afinidad ideológica, de un común generado a partir de unas premisas de discurso compartidas no es central. La vecindad del nosotros pasa por otros lugares… ¿por cuáles?
El nosotros siempre es paradójico. Existen niveles, pero siempre se encuentra en relación con el “ellos”, por este motivo es paradójico. El Nosotros debería ser una aspiración al nosotros mismo. No existe la amistad, existen sólo momentos de amistad. En el nosotros, se da una opacidad: nunca podrá conocerse a sí mismo.
¿Qué significa liberar a nosotros del nosotros? Nos parece que sabemos qué conlleva la experiencia de lo común y la experiencia del yo, pero no es así. Es a través de la escritura cómo el individuo se separa de un grupo para encontrarse con otro grupo, el de los lectores. No existe tanta diferencia entre yo y nosotros.
Nosotros no somos “yo” sino que somos “él”, el sujeto individualizado. Existe un gran nosotros, pero este nosotros es un “ellos”, unido y creado en torno a un imaginario generado por la publicidad, por la información bombardeada desde los media. Ésta es la paradoja: que queramos hacer un nosotros siendo “él”.
Lo que está claro es que la experiencia del nosotros tiene que ser una experiencia política; a diferencia de la experiencia del “ellos”, que no lo es. La situación que envuelve al Nosotros es una situación más conflictiva. El nosotros es, aun más, el poder enfrentarse a ellos. La experiencia en común que puedan tener, por ejemplo, unos compañeros de piso… ¿hasta qué punto puede abrir hacia la formación de un nosotros? Existe un abismo entre un nosotros político y una experiencia colectiva que puede darse de cualquier otro modo. El Nosotros siempre es político. Por otra parte, ¿Y si no fuera tanta, la centralidad de este nosotros? En realidad un nosotros solo es igual a nada, porque depende de un “ellos”, un ellos que no es “los otros” sino aquellos que están en esa zona de Limbo entre nosotros y la realidad contra la que nos dirigimos.
Por la propia historia de las formas que ha tomado el nosotros en distintos momentos, tendemos a asociar todavía esta experiencia a sus concepciones tradicionales, sin tener en cuenta la necesidad de algunos desplazamientos: si hoy el poder ha saltado los muros de la fábrica, si no puede ser ya delimitado porque se encuentra filtrado en mi vida desde que me levanto hasta que me acuesto, ocurre que el nosotros, más allá –o más acá- de vislumbrarse como un nosotros plural organizado, se ha hecho con un lugar nuevo: el de cualquier experiencia que nos desencaje de nuestra propia vida. Si hoy el poder nos acompaña, a empujoncitos, en nuestro “proyecto de vida”, en el reforzamiento de nuestra identidad necesario para ocupar un lugar clave en el flujo de conexiones sociales, el nosotros ocurre en cada experiencia que me descoloca, que me coloca en un lugar del que ya no es posible volver atrás, porque borra el camino a mis espaldas, porque deshace las piezas en las que se apoyaba mi vida. Así, este nosotros toma toda su fuerza en la comunidad de amigos pero también en una conversación con alguien, en una lectura… Pero… ¿no es, esta visión del poder omnipresente en nuestra realidad, excesivamente pesimista? Se puede pensar que el poder está ahí “si tú quieres”, es decir, que hay modos de escapar a él y la situación no es, por ello, tan trágica.
En realidad, que seamos entes individuales, es solamente una ficción operativa: nosotros funcionando como identidades, definidas, asignadas, lo cual no es real, pues existe una heterogeneidad de nosotros previo. Existe un nosotros que es gestionado, que lleva otra forma de poder. De ahí la lucidez del movimiento zapatista cuando afirma “nosotros somos ustedes”, cuando no quieren que se les califique o reconozca bajo identidad alguna.
El acto político debe ser hoy cotidiano y no limitarse necesariamente a un frente de lucha. Es así como se debe pensar el acto político, en su cotidianeidad. El nosotros está lejos de encontrarse en un plano intelectivo, ha de implicar su existencia, el cuerpo. Cuando uno está en peligro, en ese momento sí se sabe dónde está el nosotros y dónde está el “ellos”. Ese “ellos” del que siempre nos preguntaremos: por qué tan lejos del nosotros…
Ya se sabe…no se hace política con quien se quiere, sino con quien se puede. Somos los hijos de la derrota. El poder está sobre la subjetividad, en ella, así se trataría, en la lucha, de romper todavía más la vida.
El nosotros, hoy, ya sólo puede ser una aspiración. A veces se dan intenciones de construirse un nosotros para uno solo, un nosotros ghettizado, que sólo tiene sentido en las luchas. Existe una idea preconcebida de lo que puede ser el nosotros. Parece que el limbo, donde están los que no somos “nosotros” ni “ellos”, está vacío. El nosotros, tal como se puede concebir hoy es únicamente impotente, destinado a ir contra los otros. No puede ser un nosotros que sólo se reúne cada jueves ni un nosotros que se rompe la vida ni un nosotros pendiente de “lo que pasa”. ¿Qué se puede aprender de la lucha pasada? “En soledad descubrimos el impulso de la melancolía. Impulso que proviene de un recuerdo sin constitución, un recuerdo de aromas indeterminables. En el nosotros que podríamos levantar hoy ya no se trata tanto de ponerse de acuerdo como de encontrarse con otros. La dificultad del encuentro radica en cómo articular una comunidad capaz de impulsar esa liberación actualizándola sin ninguna fe de referencia, y construyéndola sin ninguna estructura para la esperanza.” Hay una especie de interioridad común, ¿cómo conseguir una espiritualidad sin fe, sin ir “a ninguna parte”? ¿cuál es la disposición para hacer política una interioridad común acabando con la nostalgia?
No se trata de elaborar un discurso convincente. El nosotros ya no es nadie, no es una identidad, sino un lugar en nuestras vidas. Se trata de provocarnos. El momento ocurre cara-a-cara. Como en la Edad Media, hoy estamos cara-a-cara. El medio de comunicación ya no es válido, como en el Marxismo o la Revolución Francesa. El acto comunicativo ya no nos vale, sólo puede ocurrir algo en el cara-a-cara. ¿funciona la escritura? ¿funcionan los artículos? Hoy esto debe ser puesto en duda. Toda la experiencia de los medios de comunicación como elemento en una politización, en la creación de un nosotros… ¿hasta qué punto funciona? ¿cuáles son sus límites? Es como si este querer vivir no pudiera darse una constitución, como si fuera inefable.
En el nosotros se pierde la dimensión amigo-enemigo. La vida se disuelve como el aire. Quizá lo único que se puede mantener es la mirada de lado, quizá no podamos nunca enfrentar la mirada.
Para hacer la experiencia del nosotros, parece que es necesario que se dé también un trabajo con la propia vida, casi en soledad, un trabajo de ruptura de la propia entidad e identidad individual pero al mismo tiempo, ¿cómo puede ocurrir este dejar atrás la propia vida, destruida, si no ocurre una convocatoria, una interpelación del nosotros? Quizá el problema es que seguimos pensando en términos de individuo, de “uno”: pensar lo colectivo en forma de lo individual, cuando en realidad cada uno de nosotros somos muchos, tendiendo así a la esquizofrenia. Intentamos, en la cotidianeidad, mantener el aspecto de unidad. La dificultad de romper la barrera del ego es lo que más dificulta e imposibilita el nosotros. Romper esta barrera supone peligro, esquizofrenia pues, una vez rotos, parece que se perdería la capacidad de actuar. La de “el individuo”, es la mayor ilusión.
Quizá el mejor modo de vislumbrar al nosotros sea volviendo la vista a estos encuentros precisamente. Ejercicios como éstos albergan un nosotros. Es lo que hace romper el silencio, lo que rompe con el resorte que nos obliga siempre a replegarnos en nosotros mismos. No sabemos si existirá un nosotros, no tenemos una identidad como tal nosotros pero al mismo tiempo la estamos practicando ahora, aquí, nosotros.