Tomar la palabra
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2006

En el silencio que se extiende con el repliegue del activismo político, intentamos construir una voz colectiva.

Quinto encuentro de las jornadas La tierra de nadie en la red de los nombres

Publicado el 25.05.06 , por Espai en Blanc

Los lugares de la crítica se han multiplicado y a la vez fragmentado. La antiglobalización ha sido el único intento reciente de plantear una crítica global al capitalismo, pero las prácticas de contestación permanecen, a menudo, parciales y aisladas entre sí. Por eso en la sociedad de la información se hace de nuevo necesario plantear qué significa “tomar(se) la palabra”. ¿Cómo hablar cuando no sabemos a quién nos dirigimos? ¿Cuál es el nosotros que enuncia la crítica? ¿Cómo evitar la especialización y la autorreferencialidad de nuestros discursos? Tenemos medios: revistas, redes, recursos audiovisuales... Tenemos capacidad de movimiento. ¿Cómo dar un salto y construir dispositivos eficaces para la transformación social?

Fragmentos para la reflexión

Resumen del encuentro

Fragmentos para la reflexión

“Algo se agitó dentro de nosotros. Quién sabe de dónde salieron pero de pronto colmaron las calles y las fábricas, circularon entre nosotros, se volvieron nuestras, sin ser ya el ruido ahogado de nuestras soledades: esas voces nunca escuchadas nos transformaron. Se produjo algo inaudito: nos pusimos a hablar. Parecía que se trataba de la primera vez. Una vez abandonado el caparazón metálico del coche y roto el encanto solitario de la tele a domicilio, con la circulación desquiciada, los medios de comunicación cortados, el consumo amenazado, en una ciudad deshecha y reunida en sus calles, estupefacta de descubrirse un rostro sin maquillajes, surgía una vida inesperada. Por fin nos pusimos a discutir de cuestiones esenciales.” Michel de Certeau, La toma de la palabra.

“El silencio es también una zona imposible de delimitar, que engloba todo lo que un hombre o una mujer hubieran podido vivir si las circunstancias lo hubieran permitido. Marca la relegación de posibilidades que no han podido madurar. El descubrimiento de una causa, un amor que nace, una creación cultural, una agitación política, crean súbitamente una poética del acontecimiento. Un cerrojo salta entonces sin que nadie sospechara las consecuencias, y la vida tranquila que se llevaba, y que parecía satisfacer las aspiraciones, se convierte en algo caduco. Se ve de repente pegajosa de silencio, refrenada, incompleta. La palabra se desborda y se descubre a sí misma en el calor de los debates y en el júbilo de su uso. Es vivida como una celebración, como un descubrimiento, con la sensación de estar deshaciendo, a fuerza de entusiasmo, una especie de capa de plomo que hasta entonces nadie había denunciado y que hace que la gente se pregunte ahora cómo ha podido vivir tanto tiempo asfixiada bajo su férula.” David Le Breton, El silencio.

“La comunicación centrífuga, alimentada por innumerables locutores independientes, es alabada con los mismos argumentos que en tiempos se dedicaban a la libre circulación de mercancías: el “Edén de los derechos”, el reino de la igualdad y el recíproco reconocimiento. Pero, ¿de verdad la multiplicidad debilita el dominio? Nadie es más consciente del carácter hermenéutico de la verdad y de la variabilidad de cualquier interpretación que los agentes de bolsa. El signo distintivo de la metrópolis contemporánea no es tanto el pulular de jergas sino la plena identidad entre producción material y comunicación lingüística. Esa identidad explica e incrementa aquel pulular, pero no tiene nada de liberador […] Cuando el trabajo asalariado podría ser suprimido al constituir ya un coste social excesivo, precisamente entonces el hecho mismo de tomar la palabra es incluido en su horizonte. El lenguaje se presenta al mismo tiempo como el terreno del conflicto y lo que está en juego. Hasta el punto de que libertad de lenguaje y abolición del trabajo asalariado son hoy sinónimos.” Paolo Virno, El intelecto “just in time”

“Puede que sea aquí, en la mercantilización del lenguaje y la tecnologización del discurso, donde deban producirse ahora las luchas en torno a las prácticas discursivas. Claro que la gente se da cuenta de esa instrumentalización y quiere rebelarse. El problema es que no está muy claro hacia dónde puede volverse, ya que la mercantilización del lenguaje es un nuevo instrumento de producción y tratar de acabar con la entrevista de evaluación personal o las reuniones de equipo es bastante más difícil que para un ludita intentar destruir las máquinas.” Norman Fairclough, Para un nuevo programa en el Análisis Crítico del Discurso.

“A pesar del ruido de fondo, de la cantidad de voces que se difunden, o precisamente por eso, la red solo habla consigo misma. En la base de quien habla y quien escucha no hay una experiencia diversa del mundo, porque el mundo, sostenido por la técnica, es en el fondo siempre idéntico, como son idénticas las palabras con que se lo describe y hace funcionar. Puesto a disposición como instrumento comunicativo, el lenguaje crea entonces aquel “monólogo colectivo” del que habla G. Anders, y que es como un intercambio repetitivo entre funcionarios que comparten la misma experiencia del mundo con las mismas palabras. Participando de este monólogo y ciñéndose al vocabulario que permite comunicarse con los otros, cada uno va ajustando su propia conformidad. En esta circunstancia, hablar en primera persona podría resultar superfluo, porque el abismo entre un individuo y otro, en la medida en que quede un resto de individualidad, puede resultar demasiado amplio y peligroso, mientras que el intervalo entre un funcionario y otro es demasiado exiguo para que se sienta la necesidad de construir un puente lingüístico.” Umberto. Galimberti, Psique e Techne.

“En esta gran época, en la que ocurre lo que uno no podía imaginar, en la que debe ocurrir lo que uno ya no puede imaginar, pues si pudiera no ocurriría; en esta grave época, que se ha muerto de risa ante la posibilidad de volverse grave, que sorprendida por esa tragedia procura procura distraerse, que cogida in fraganti busca palabras; en esta época estridente, que retumba ante la horrible sinfonía de hechos que son que producen informaciones y de informaciones que producen hechos; en esta época no esperen de mí ninguna palabra propia. Demasiado profundo cala en mí el respeto por la inamovilidad y subordinación del lenguaje. En el reino de la falta de imaginación, donde las personas mueren de hambre del alma sin ni siquiera sentirla, no esperen de mí ninguna palabra propia. No podría yo decir nada nuevo, pues en la habitación donde escribo es tan grande el ruido que no podría decidir si viene de fieras, niños o morteros. Quien se entrega a los actos viola la palabra y el acto, y es doblemente despreciable. Pero semejante oficio no desaparece. Los que no tienen nada que decir siguen hablando. ¡Quien tenga algo que decir, que dé un paso al frente y calle!” Karl Kraus, En esta gran época.

“En vano trataré de representarme a aquel que yo no era y que, sin quererlo, empezaba a escribir, escribiendo (entonces a sabiendas) de tal modo que el puro producto de no hacer nada se introducía en el mundo y en su mundo. Esto ocurría “por la noche”. De día, estaban los actos del día, las frases cotidianas, la escritura cotidiana, algunas afirmaciones, valores, costumbres, nada de importancia y, no obstante, lago que era preciso confusamente denominar la vida. La certeza de que al escribir ponía precisamente entre paréntesis dicha certeza, incluso la certeza de mí mismo como sujeto de escribir, le condujo lenta pero inmediatamente a un espacio vacío cuyo vacío (el cero tachado) no impedía en absoluto las vueltas y revueltas de un recorrido muy largo. Desde que hablo, las palabras que he encontrado, desde el momento en que son palabras, ya no me pertenecen, son originariamente repetidas. Ante todo tengo que oírme. Tanto en el soliloquio como en el diálogo hablar es oírse. Desde que soy oído, desde que me oigo, el yo que se oye, que me oye, se vuelve el yo que habla y que toma la palabra, sin cortársela jamás, a aquel que cree hablar y ser oído en su nombre. Al introducirse en el nombre de aquel que habla, esta diferencia no es nada, es lo furtivo: la estructura de la sustracción instantánea y originaria sin la que ninguna palabra encontraría su aliento. La sustracción se produce como el enigma originario, como una palabra o una historia que oculta su origen y su sentido, que no dice jamás de dónde viene y adónde va, ante todo porque no lo sabe y porque esa ignorancia, a saber, la ausencia de su propio sujeto, no le sobreviene sino que la constituye.” Jacques Derrida, La escritura y la diferencia.

“Como la cólera en el hígado se ocultan en sí mismas las palabras ciegas. Hay
nudos negros en tu lengua. No
hay esperanza ni sonido.
Antonio Gamoneda, Libro del frío.

Resumen del encuentro

Lo que nos hace pensar es una emoción. ¿Qué nos hace hablar? No lo recuerdo, pero sé que hubo un antes en el que hablábamos para vaciarnos de poder, para sacudírnoslo. Pero hoy en el límite entre el silencio y la toma de la palabra no se desliza ya la subversión. “Pondré mil voltios en tu lengua”: sólo un título. Hasta cuándo.

Llega la palabra… y se incorpora. Entonces sentimos la impotencia, no la de no poder hablar sino la de ver cuán inocuo es el hilo con el que hemos roto el silencio y qué grimosa, la sensación de haber colaborado a la afirmación de “lo que hay”. Abrazo ontológico.

En estas “prisiones de lo posible” que acuarelan el actual mapa de la realidad, que aguan la gravedad abandonándonos a un pegajoso vaivén, no hay espacio para la contradicción y todo confirma lo confirmado. No siempre ha sido así, no se trata de “la eterna relación” entre realidad y lenguaje. Fuera de éste se quedaba antes “lo que no se podía decir”, es por ello que el dominio del discurso siempre ha sido considerado un logro. Alguien no puede hablar, es el espacio sin espacio del síntoma, algo que no se puede decir. Pero cuando este alguien, cuando este algo toma la palabra, algo revienta. Subversión.

Hoy la situación no es ésta. Respiramos la impotencia de vivir continuamente un déjà vu. No existe la experiencia del síntoma y nuestro silencio tampoco resulta subversivo. Eso en lo que se sostiene el mundo se ha hecho cuerpo con el lenguaje. Capitalismo. Lo que produce riqueza no es explotar el trabajo en silencio sino la capacidad de comunicación. Palabras como dólares que producen desplazamientos estratégicos en la selvática gestión empresarial encantada con la adquisición: todo acto comunicativo=acto rentable. Ahí donde hablamos (no aquello de lo que hablamos), ahí se da el proceso de mercancía. Los alumnos aventajados del capitalismo lo saben y su sonrisa y savoir-faire se disponen a explotarlo, tienen el password y se lo han tatuado: mi discurso, mi capital. “¿Hablamos?”

… Y así hoy la atmósfera se compone de los murmullos de todas estas voces, las nuestras, en un monólogo que desde entonces no cesa de repetir lo mismo, en un polílogo de voces desencontradas que se reafirman. Porque, abajo sonrisas, confirmar la realidad a voces no supone experiencia alguna de lo común, antes bien, lo congela.

El jueves planteamos la pregunta, nos convocamos para pensar si existen hoy espacios de realidad agrietada en los que se estén forjando experiencias de resistencia a la obviedad, espacios sin espacio en el mapa dominante de la realidad. Teníamos sospechas.

El lenguaje encuentra vías inesperadas de subversión. Cuando hoy la cultura lleva traje y maletín, regalar libros es –quién lo iba a pensar- un gesto que rompe la realidad, que la subvierte. En este sentido ¿qué supone la edición y distribución gratuita de libros tal como se pudo hacer la editorial Bellaterra con motivo del Fórum 2004, y más recientemente con “El Cielo está enladrillado”? Esta toma de la palabra que no es atravesada por la forma de la mercancía… ¿cuáles son sus efectos?, de nuevo, ¿cuál, su potencia?

¿Qué representa hoy la red, qué fuerza posee nuestro encuentro virtual posibilitado por la emergencia de Internet? ¿Se trata de un espacio incontrolable, donde puede pasar algo, ajeno a las tendencias absorbentes de la realidad o un mero espejo virtual? Tras el 11-M la rabia se canalizó a través de los teléfonos móviles hasta explotar en forma de gritos abrazados, en una calle frente a un edificio. ¿Cuál es la fuerza de estos medios, tan potentes para abrir el espacio de la convocatoria?

Recientemente hemos tenido la oportunidad o quizá más la necesidad de repensar el espacio de relación posible entre la crítica al sistema y la industria del cine. El próximo 16 de Junio un Taxista Ful tomará las pantallas en un desafío al binomio industria-estética que da forma a la parafernalia cinematográfica hoy. Una experiencia más de toma de la palabra que se apropia de un formato inesperado e inusual. ¿Cuánta fuerza nos depara esta vía hasta el momento tan inexplorada?

Y last but not least… aquí, ahora, como cada último jueves de mes desde hace ya cinco, hemos querido abrir un espacio para parler autrement , para hablar de otro modo, para tomar la palabra, para suspenderla, para atravesarla y recogerla. Sin presupuestos y sin finales conclusivos autocomplacientes, hemos acudido todos, agarrados a un hilo que nunca hemos tejido, ni escogido, ni decidido, porque es algo que nos inter-viene, y nos sacude, que nos lleva a tomar la palabra haciendo que algo ocurra, que suceda eso… que hablemos.

Cuando nuestras vidas pululan privatizadas y privatizándose, no se da el espacio del encuentro en el que hablar y tomarse la palabra. Hoy la explosiva emergencia de blogs personales parece constatar la realidad de este vacío que se han propuesto masivamente llenar, pero ¿con qué limitaciones? En la exteriorización de la intimidad con la que sorprenden los blogs personales, en la proliferación de éstos y de todo otro tipo se da no sólo una confirmación de la necesidad que tenemos de encontrarnos sino una producción gigantesca de lenguaje. Opiniones, invitaciones, convocatorias. ¿Es éste un espacio de toma de la palabra, o una colaboración más al vertedero de discursos y doxas que acoge la realidad? ¿Cuánta potencia política se puede hacer o se está haciendo ya viva en esos espacios? Sabemos que muchas empresas tienen ya constantemente los blogs en su punto de mira tanto para introducir publicidad formato boca-a-boca como para acceder al imaginario común y a la bolsa de deseos de sus usuarios y crear con esta información nuevos monstruos publicitarios para incentivar el consumo. Ante este panorama, ¿cuánta fuerza de resistencia suponen ya los espacios de los blogs en un capitalismo hambriento que se mimetiza con todo lo que encuentra a su paso?

Hoy parece evidente que el problema no es la falta de medios para tomar la palabra. La web de contrainformación Indymedia ha sido una de las primeras experiencias de comunicación abierta. Por primera vez se abría en la red un espacio en el que intervenir, en el que hablar e introducir comentarios que no debían pasar por filtro censurador alguno. Tras varios años y la extensión por muchas ciudades del mundo de esta red de comunicación alternativa, son encontradas las visiones que sobre la potencia y los límites de este tipo de iniciativas se expresan. Si bien su funcionamiento informativo parece incuestionable, es cierto que la ausencia de discurso es casi siempre una recurrencia. ¿Qué experiencia política puede entonces irrumpir en estos espacios virtuales que corren el riesgo de quedarse en una especie de “plaza del pueblo”?

Cuando los Mass Media generan, forman y deforman el espacio de la opinión, ¿cómo crear una comunicación alternativa? ¿Cómo hablar de otra manera? Es significativo que hoy, en la sociedad de la información estemos faltos de palabras, de discursos nuevos, de discurso crítico. No alcanzamos a hacer una crítica efectiva de toda la realidad, ¿dónde flaqueamos? ¿cómo apuntar a ella con la palabra?

Pensar la cuestión de la palabra en el contexto del paso de la modernidad a la posmodernidad nos da algunas claves. Antes, frente a la palabra, frente al ruido del poder, las armas pasaban por ser el silencio, el balbuceo o una frase paradójica como “Dinero Gratis”. Tras el 11-S el debate modernidad/postmodernidad ha entrado en crisis. Es como si la realidad de una nueva época global nos obligara a más ¿Qué significa entonces tomar la palabra? Hace un tiempo nos contentábamos afirmando que “nos quedan fragmentos de discurso”. Ahora eso nos parece insuficiente. El problema ya no es el silencio sino el gesto de tomar la palabra para decir… ¿qué? La cuestión se ha desplazado y nos lleva a preguntarnos directamente si tenemos algo que decir. Hoy para subvertir la realidad hay que producir un discurso otro.

El silencio no tiene fuerza subversiva, sino que es propio de “la masa” que asiente y se moviliza con la realidad. Cuando existen herramientas comunicativas tan potentes como las que tenemos actualmente, no debemos asentarnos y conformarnos en el silencio sino todo lo contrario: lo necesario hoy es fortalecer los vínculos, acelerar la comunicación para establecer conexiones entre los diferentes colectivos.

Parece que hoy se ha producido una pérdida de referentes en el lenguaje, ya no hablamos teniendo en cuenta lo que las palabras quieren decir. Se consume el discurso, que está codificado de manera cerrada. ¿Cómo lograr que no sea consumido? El acto de comunicación no rompe con nada porque la comunicación ya está tomada. Por eso, en espacios como Indymedia realmente “no pasa nada”.

El formato de toma de la palabra que supone el Discurso es el que impide que nos encontremos en el ejercicio de la toma de la palabra; porque es en sí un acto cerrado de enunciación que nos hermetiza. Por el contrario, en el diálogo uno pone en juego sus propias palabras, se lleva a cabo una exteriorización que supone casi siempre un desafío. Pero hoy ¿es realmente el diálogo el marco en el que tomar la palabra? Antes bien parecería la caja de caudales en la que reside aquélla desde que nos ha sido robada por la democracia. Este sistema de gobierno que pone en el centro la palabra dialogada parece funcionar, a partir de ésta, como un bálsamo que, frotándolos, erosiona los conflictos sociales limando todas sus aristas y asperezas. Cuando todo se puede hablar, todo se negocia para que en realidad no cambie nada.

Tomar la palabra no tiene por qué conllevar una apropiación de ésta. Es posible pensar en la toma de la palabra como la posibilidad que abrimos para darla, para ofrecerla al otro. Tomar la palabra, para vaciarla y provocar con ella cosas: hasta qué punto es posible si no hay otra persona escuchándola. En este sentido el ejercicio colectivo del lenguaje guarda dentro de sí mayor potencia.

Hoy todos hablamos. Tomar la palabra no supone un desafío sino un hábito. Entonces, las preguntas nos abocan desde lugares nuevos: ¿a quién hablamos? ¿por qué queremos hablar? ¿para qué tomar la palabra? El principal problema es que hoy sabemos qué pensar de todo, en la recámara tenemos siempre a punto la opinión, la postura, ante las diferentes cuestiones “de actualidad”. ¿Cuáles son hoy los problemas que nos apelan tanto que nos hacen tener que pensarlos? Frente a la sociedad de la comunicación en la que hablar sólo colabora a aumentar el ruido de fondo, donde se asiste a un cúmulo informe de opiniones, tomar la palabra con toda su fuerza será un acto que no concluya, que no se reduzca a mostrar un posicionamiento sino un gesto con el que nos ponemos a hablar de aquello que nos interpela, que nos interroga y nos sacude.

La palabra y la voz. Es con voz que uno logra hacer pasar un discurso, algo que debería estar censurado. Tener voz. Un discurso no es la expresión de uno sino una voz. Atreverse a hacer oír la voz, lo que va más allá de la palabra… quizá sea esa la experiencia más intensa de toma de la palabra.

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