Mirko Locatelli es miembro de la red de objetores de crecimiento de la región de Vaud, en Suiza. Acaba de crear la revista “Moins !” (¡Menos!), una revista de ecología política. Trabaja como vigilante de noche al 40% del tiempo y dice ser feliz así. Su artículo nos explica cómo conservar nuestra alegría de vivir a pesar de las numerosas crisis que estamos viviendo. Hemos traducido su artículo que fue publicado en octubre en la revista francesa “La décroissance” (http://www.ladecroissance.net/).
Uno de los placeres de Sócrates era su paseo matutino en el mercado, para ver la cantidad de cosas que no necesitaba para ser feliz. Yo he nacido varias lunas después. Pertenezco a la generación de aquellas y aquellos que han desembarcado después de la “fiesta” de los Treinta llamados Gloriosos. Aquellas y aquellos quienes, durante su infancia, han comido lechugas demasiado verdes durante varios meses – ¡gracias Chernóbil! – y que han asistido a la caída de un muro que dividía dos visiones del mundo: por una parte el productivismo, por otra… también. Pero sobre todo pertenezco a la generación que sabe que, por primera vez en la historia, legará a la siguiente un mundo donde será más difícil vivir: las múltiples crisis que vivimos – ecológica, social, económica pero también moral – no invitan al optimismo. A no ser que tengamos una fe incondicional en los increíbles logros tecnológicos que la ciencia nos brindará, lo que no es mi caso. Estoy al contrario persuadido que la carencia de los recursos naturales aumentará el abismo entre obesos-as y hambrientos-as, entre privilegiados-as y explotados-as.
Ahora, la verdadera cuestión del debate me parece ser la siguiente: ¿qué queda de la alegría de vivir una vez sustraído el optimismo de los “ecologistas infantiles”? He aprendido en esas páginas (se refiere al periódico La décroissance, ndlr) que todo objetor de crecimiento actúa a tres niveles diferentes: individual, colectivo y político. Recurriré a este mismo tríptico para intentar ubicar las fuentes de las que podríamos sacar nuestra alegría.
A nivel personal, primero.
No siento ningún placer existencial al apagar el agua cuando me cepillo los dientes ni tampoco cuando reciclo mis demasiado numerosos residuos. En cambio, he tenido la suerte hace poco de ser padre: seguir los pasos todavía vacilantes de aquel que aprende a caminar es un buena manera de compartir un poco de su capacidad de asombro. Por ejemplo, cuando apunta su dedo hacia la nada y se exclama “ga-ga” enarbolando con orgullo sus siete dientes y medio. Esa nada tiene que ser lo que llamamos el misterio de la vida, ese mismo desconocido que perseguimos cuando caminamos en el silencio de las montañas y que hace escribir a Maurizio Maggiani, escritor italiano: “Sólo cuando no sé a dónde voy, sé que llegaré a algún lugar”. Un lema en las antípodas de la ideología de la eficiencia, y por lo tanto que tenemos que adoptar con urgencia.
Segundo, la esfera colectiva.
Después de los riesgos de lirismo que he tomado en el último párrafo, tendría que evitar la trampa de la apología de la alteridad. Sin embargo, es precisamente hacia el Otro que nos encaminamos día tras día, para paliar a nuestra incompletud original. El punto positivo es que disponemos de un buen margen de maniobra en lo que es la calidad de nuestros encuentros. Si logramos salir del laberinto de pantallas de todo tipo (tele, ordenadores y otros quema-cerebros portátiles) que traban nuestras relaciones, el dialogo que instauramos con las personas que nos rodean desvela, la mayoría del tiempo, seres humanos cuyas aspiraciones profundas no tienen nada que ver con lo que los medios y los mensajes publicitarios nos quieren hacer creer. El arte consiste entonces en la creación de contextos propicios a estos tipos de intercambios, que sea cambiando nuestro cotidiano (en la vida de barrio hasta en el trabajo) o integrando y creando espacios nuevos (cooperativas, asociaciones, movimientos activos en ámbitos variados).
Se vuelve más complicado a nivel político.
El autor de esas lineas vive en Suiza, un país a menudo alabado por su democracia “directa”, sin embargo las lógicas economicistas siguen estando omnipresentes como en los países vecinos. Afortunadamente, la res publica es algo mucho más vasto (¡y alegre!) de lo que las instituciones y la mayoría de los partidos nos hacen ver. Ocupar el espacio público con la fuerza de nuestras ideas, buscar el diálogo con aquellas y aquellos que las pueden apoyar, trazar senderos al margen de las autopistas del crecimiento son acciones políticas en su sentido más noble.
Más que en su desenlace, a veces desalentador, hay que buscar su sentido en el proceso en sí. “El fin está en los medios como el árbol está en la semilla” decía Gandhi: para conservar nuestra alegría de vivir, ¡sembremos!
Traducción por Camille