Camino por la zona alta de la ciudad en una cálida noche de verano, me encuentro con la valla que separa la calle de un ostentoso chalet. Me nace el impulso de saltar la valla y entrar al jardín privado de la casa. Trepo y caigo sobre un césped cuidadosamente cortado, alzo la mirada y veo una piscina opulenta con luces iluminando bajo el agua.
Dos cuerpos desnudos nadan en la piscina, son un hombre y una mujer de belleza normativa que se abrazan y se besan. Mi presencia parece inadvertida, trato de avanzar sigilosamente para no ser observada como una intrusa, aunque quizás ni siquiera tenga importancia mi intromisión. Paso cerca de los cuerpos y llego al porche de la casa, me doy cuenta de que la piscina se extiende hacia el interior.
No hay pasillo por el que pueda adentrarme, todo el ancho de la galería es de piscina. Los reflejos azulados bajo el agua sumado, al intoxicante olor a cloro generan una atmósfera seductora que me invita a meterme en el agua. Me quito los zapatos y los dejo atrás, acerco la cara al agua y la toco con la mano, la temperatura es perfecta, no me lo pienso dos veces y me tiro.
Abro los ojos bajo el agua y noto cómo respiro tranquilamente, no hay nada que temer. El mundo se ralentiza, una dulce somnolencia se extiende en mí. La consciencia del peligro de dormirme allí es más fuerte y me revuelvo, me fijo en un túnel oscuro al final de la galería y buceo en aquella dirección desconocida.
El túnel se va estrechando conforme más avanzo, siento encontrarme en el interior más profundo de la casa de la gente rica, habiendo esquivado la torpe vigilancia que guarda su secretos. Ahora el movimiento del túnel es ascendente, puedo distinguir la luz del sol por una pequeña obertura arriba del todo. Cojo un último impulso contra las paredes y asciendo hasta salir por el tejado del edificio.
Ya es de día y vuelve a brillar el sol de verano. A lo lejos se eleva una verde colina dentro de otro terreno privado, parece un campo de golf. En la cima ondea una gigantesca bandera de España sostenida por un largo mástil blanco. La imagen del escudo de España en la bandera es nítida bajo el sol, brilla de tal manera que demuestra que está a punto de transformarse.
Presencio cómo el metal que forma la corona de la monarquía se calienta a cientos de grados hasta ponerse al rojo vivo. El calor es tan intenso que comienza a fundirse como si estuviera dentro de un horno, se convierte en un fluido viscoso de metal líquido que se extiende hacia abajo, hacia el castillo y el león, hacia las cuatro barras de Aragón, hacia las flores de la dinastía y las cadenas de Navarra. Se funde hasta la granada y ceden las columnas. Toda la simbología queda deshecha en una amorfa masa incandescente. La masa se desplaza trazando de izquierda a derecha una línea roja horizontal en la banda amarilla de la bandera. En la antigua posición del escudo aparece la silueta de la cruz de hierro, símbolo de un nuevo régimen.
