Urbanismo

Komo influye en nuestras vidas el Modelo de ciudad

Modelo impuesto a nivel de valores, cultura, trabajo, represión. Políticas urbanísticas y especulación.

a ciudad actual las diferencias de clase, las relaciones sociales y las relaciones de producción resultan invisibles, cada vez más abstractas y sin contacto. De esta manera, podría decirse que las mujeres ocupan la calle cuando ésta degenera, o que su acceso a la ciudad es libre precisamente cuando la ciudad ha dejado de ser el centro de la decisión y de la acción. Al igual que accede en condiciones de igualdad al mercado de trabajo cuando el mercado de trabajo se fragmenta y segrega. Mujer y ciudad Pero la posibilidad de autonomía no debe despreciarse ni debemos descartar una libertad porque esté desvalorizada. El hecho de haber convertido la vida privada o pública en una elección y no un destino; la posibilidad de acceder a todas las esferas y a todos los espacios con libertad es una victoria que se enmarca evidentemente en una realidad donde la libertad parece neutralizarse en las falsas opciones del mejor de los mundos posibles. Al mismo tiempo, la decadencia del espacio urbano afecta especialmente a las mujeres. Porque la supremacía del interés privado sobre el público es aprovechada en menor medida por éstas -basta comprobar el uso del vehículo- y, además, porque se quiera o no las mujeres siguen haciéndose cargo de lo comunitario, es decir, de aquellas necesidades que el mercado desprecia y de todas las que dependen de otra persona, niños pequeños, personas mayores, enfermos, etc. De una forma que no está alejada del proceso que hemos descrito, se carga en las mujeres la integración que la sociedad no procura, consiguiéndose la autonomía de unos en detrimento de otros. Hemos visto que la reclusión femenina ha servido de puente entre el individuo y la comunidad, de mediación entre el mundo del intercambio y el mundo de los compromisos morales. Si se rompe esa peculiar especialización femenina -compensar la "maldad" del capitalismo y permitir que los hermosos frutos románticos de la desigualdad florezcan al menos en un espacio- alguien tendrá que tomar el relevo y hacerse cargo de las necesidades personales, biológicas y sentimentales, a menos de aceptar una sociedad definitivamente inhabitable. No parece que el Estado pueda asumir esa maternal función cuando hasta sus funciones paternales se ponen en duda. Por lo tanto, se trata de definir qué tipo de ciudad se busca; de qué manera pueden invertirse las tendencias a la fragmentación y desintegración social sin negar los avances de la autonomía individual ni mitificar la comunidad, que cuando existió fue la base del sometimiento femenino. Entre un hogar invadido por el mundo de la producción y un espacio público que está dejando de serlo, las mujeres pueden colaborar con la definición de un espacio común que devuelva a la ciudad su viejo carácter histórico asociado con todo poder y con toda liberación

Urbanismo desde la perspectiva de genero

a ciudad actual las diferencias de clase, las relaciones sociales y las relaciones de producción resultan invisibles, cada vez más abstractas y sin contacto. De esta manera, podría decirse que las mujeres ocupan la calle cuando ésta degenera, o que su acceso a la ciudad es libre precisamente cuando la ciudad ha dejado de ser el centro de la decisión y de la acción. Al igual que accede en condiciones de igualdad al mercado de trabajo cuando el mercado de trabajo se fragmenta y segrega. Mujer y ciudad Pero la posibilidad de autonomía no debe despreciarse ni debemos descartar una libertad porque esté desvalorizada. El hecho de haber convertido la vida privada o pública en una elección y no un destino; la posibilidad de acceder a todas las esferas y a todos los espacios con libertad es una victoria que se enmarca evidentemente en una realidad donde la libertad parece neutralizarse en las falsas opciones del mejor de los mundos posibles. Al mismo tiempo, la decadencia del espacio urbano afecta especialmente a las mujeres. Porque la supremacía del interés privado sobre el público es aprovechada en menor medida por éstas -basta comprobar el uso del vehículo- y, además, porque se quiera o no las mujeres siguen haciéndose cargo de lo comunitario, es decir, de aquellas necesidades que el mercado desprecia y de todas las que dependen de otra persona, niños pequeños, personas mayores, enfermos, etc. De una forma que no está alejada del proceso que hemos descrito, se carga en las mujeres la integración que la sociedad no procura, consiguiéndose la autonomía de unos en detrimento de otros. Hemos visto que la reclusión femenina ha servido de puente entre el individuo y la comunidad, de mediación entre el mundo del intercambio y el mundo de los compromisos morales. Si se rompe esa peculiar especialización femenina -compensar la "maldad" del capitalismo y permitir que los hermosos frutos románticos de la desigualdad florezcan al menos en un espacio- alguien tendrá que tomar el relevo y hacerse cargo de las necesidades personales, biológicas y sentimentales, a menos de aceptar una sociedad definitivamente inhabitable. No parece que el Estado pueda asumir esa maternal función cuando hasta sus funciones paternales se ponen en duda. Por lo tanto, se trata de definir qué tipo de ciudad se busca; de qué manera pueden invertirse las tendencias a la fragmentación y desintegración social sin negar los avances de la autonomía individual ni mitificar la comunidad, que cuando existió fue la base del sometimiento femenino. Entre un hogar invadido por el mundo de la producción y un espacio público que está dejando de serlo, las mujeres pueden colaborar con la definición de un espacio común que devuelva a la ciudad su viejo carácter histórico asociado con todo poder y con toda liberación