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Vida universitaria, vida académica, vida laboral... vida cotidiana. La vida rehén de un adjetivo: la vida necesitada de un apuntalamiento que la sostenga. Un adjetivo mudable que va marcando momentos y que nos permite aferrarnos, confiadamente, a una Certeza o a una Verdad y evitar el derrumbe. Con adjetivos, vida y miseria se confunden y en su enmarañamiento dejan un campo sembrado de cadáveres.
La vida con adjetivos nos promete un futuro al precio de la pasividad de la espera, del consumo vital aguardando un prodigio, de la postergación del ahora. Pero no hay futuro. El futuro es el precio de la vida, el incentivo que nos persuade, la tasa que pagamos para comprar la quimera de aplazar la muerte. Pero somos mortales y no hay un más allá que nos indemnice de la pesadumbre del presente.
Nada hay. Nada que merezca la pena puede regalársenos, ofrecérsenos, garantizársenos. Por eso, perseguimos la nada y la ausencia. Porque los materiales de la vida son sólo un inicio y un final y, entre ellos, se encuentra la vida. Nada y ausencia, inicio y final con los que construimos sentido, vida. Porque la vida sólo tiene el sentido que nosotros/as seamos capaces de otorgarle, de hacer emerger; o si no, no es. Un sentido de la vida que sea extraño a toda rentabilidad, favorable a toda gratuidad.
Debemos combatir el discurso de lo evidente y de la demostración factual que proyecta focos de luz que señalan como protagonista del espectáculo a la realidad y desviarlos hacia la existencia obscena que tratan de vendernos, mostrando como sólo esconde pérdida de la vida, lenta agonía y soledad. Es necesario resignificar nuestros malestares, pero impugnando cualquier proposición que nos relegue al desamparo de la privacidad. Para ello, debemos convertirnos en creadores/as del sentido de la vida, a través de nuestras prácticas cotidianas reconociendo su capacidad política, o lo que es lo mismo, su facultad para engendrar la realidad.
Las prácticas cotidianas son la gran fábrica de la realidad; a través de ellas creamos la vida, creamos nuestra vida. Creemos que la vida es otra cosa, no sabemos muy bien qué. Sin embargo, la vida se compone de cada gesto que hacemos, de cada conversación que mantenemos, de cada relación que compartimos. Pero, la vida que habitamos actualmente está delimitada por el tiempo y el compás que marca un metrónomo: ¡tic-tac! Repetición. ¡Tic-tac! Muerte en vida. ¡Tic-tac! Ritmo y duración que distingue segmentos y parcelas, realidades y ficciones. ¡Tic-tac! Centro y periferia. ¡Tic-tac! Interior y exterior. ¡Tic-tac! ¡Tic-tac! ¡Tic-tac! Pero no hay tal: no existe un adentro y un afuera de la vida. Porque, de nuevo, la vida no admite adjetivos. No existe la vida plena y la vida inocua, no existe la vida real y la vida ideal. No hay un adentro y un afuera de la vida.
No hay, tampoco, un adentro y un afuera de la universidad. Eso que llamamos sociedad y eso que llamamos universidad no son ni labores ni momentos; no son trozos de vida, no admiten escisión ni disyunción. La universidad no es un espacio de espera para acceder al mundo real; su naturaleza está compuesta con los mismos materiales de que se compone toda la realidad que se dice real: los ingredientes de la monotonía y la redundancia.
Universidad y sociedad se producen mutuamente. No hay abismo que salvar ni puente que tender para encontrarlas inextricablemente unidas. Universidad y sociedad orientan realidades, fabrican subjetividades, disciplinan vidas y relaciones... Nos instruyen para la vida... con adjetivos... con nuestra complicidad... Nos adoctrinan en un espíritu acrítico, nos ilustran en el apoliticismo. Consumir, deglutir... Racionalidad económica, leyes de mercado...
Estudio para el trabajo, trabajo para el estudio; jornada de estudio, jornada de trabajo; rendimiento en el estudio, rendimiento en el trabajo; ocio después del estudio, ocio después del trabajo... La máquina anticipadora del futuro bien engrasada, el paralelismo sospechoso ya inequívoco. Los dispositivos todos a punto: jerarquías, espacios, miradas, tiempos, saberes, cuerpos, actos, normas, sanciones... Y de nuevo, la machacona fatiga del ¡Tic-tac! Suena el despertador. ¡Tic-tac! Hay que coger el tren. ¡Tic-tac! Riadas humanas siguen direcciones prefijadas. ¡Tic-tac! Todo funciona regularmente. ¡Tic-tac! Saca la tarjeta, hay que fichar. ¡Tic-tac! Rápido, un café. ¡Tic-tac! El deber. ¡Tic-tac! La primera clase ¡Tic-tac! ¿Cuántos expedientes hay que despachar hoy? ¡Tic-tac! Ya te instalo el retroproyector. ¡Tic-tac! Retribución. ¡Tic-tac! Segunda clase. ¡Tic-tac! Atender la ventanilla. ¡Tic-tac! Junta de Facultad. ¡Tic-tac! Productividad. ¡Tic-tac! Tercera clase. ¡Tic-tac! ¿Cuánto falta para las vacaciones? ¡Tic-tac! El fin de semana descanso. ¡Tic-tac! ¿Me renovarán el contrato? ¡Tic-tac! Se me acabó la beca. ¡Tic-tac! Paga en "La caixa". ¡Tic-tac! Han vuelto a subir la matrícula. ¡Tic-tac! Los derechos. ¡Tic-tac! Subo a la tarima. ¡Tic-tac! Motivación. ¡Tic-tac! El catedrático da órdenes. ¡Tic-tac! Gestión por objetivos. ¡Tic-tac! Los estudiantes son estúpidos. ¡Tic-tac! Los administrativos no entienden nada. ¡Tic-tac! Complementos. ¡Tic-tac! Cuarta clase. ¡Tic-tac! Mira la pantalla. ¡Tic-tac! Pedagogía. ¡Tic-tac! Investigación. ¡Tic-tac! Mercado laboral. ¡Tic-tac! No me llega el dinero. ¡Tic-tac! Tengo examen. ¡Tic-tac! Las fotocopias son caras. ¡Tic-tac! Los bedeles llevan uniforme. ¡Tic-tac! ¿Para qué sirve lo que me explicas?¡Tic-tac! Empleo y salario. ¡Tic-tac! Convenio. ¡Tic-tac! Hay oposiciones. ¡Tic-tac! ¿De qué puedo trabajar? ¡Tic-tac! Órganos de representación. ¡Tic-tac! ¿Ya es la hora? ¡Tic-tac! Hay que hacer un cursillo. ¡Tic-tac! Eso no es científico. ¡Tic-tac! Es la normatirva. ¡Tic-tac! Elecciones a claustro. ¡Tic-tac! En horario de despacho. ¡Tic-tac! Demanda. ¡Tic-tac! Como un bocadillo. ¡Tic-tac! Carga docente. ¡Tic-tac!¡Tic-tac! Es la fiesta de la facultad. ¡Tic-tac! Oferta. ¡Tic-tac! Hay que divertirse. ¡Tic-tac! Ahora toca estudiar. ¡Tic-tac! Mañana es otro día. ¡Tic-tac! El día de mañana. ¡Tic-tac! Mañana es otro día. ¡Tic-tac! El día de mañana. ¡Tic-tac! Mañana es otro día. ¡Tic-tac! El día de mañana. ¡Tic-tac! Mañana es otro día. ¡Tic-tac! El día de mañana. ¡Tic-tac! Mañana...
Pero es posible la resistencia, alterar el funcionamiento. Acaso reapropiándonos de los espacios para construir otras relaciones, trastornar el orden de las cosas, crear nuevas reglas: desmantelar lo obvio, contrariar lo dado por descontado, empuñar los acontecimientos frente a la vida que se nos resta y que constituye nuestra cotidianeidad. Quizá hay que retorcer la cotidianeidad para que cada acto, cada ínfima práctica cotidiana, se convierta en extraordinaria, en excepcional. La excepcionalidad de lo cotidiano, no como admiración, sino como creadora de sentido y superficie de decisión y acción; es decir, política. Las palabras articuladas como acciones y las acciones vertebradas como significados. Lo político como recuperación de un contenido y un continente común que conjure y obstaculice ese aislamiento que amartilla dentro de nuestras cabezas repitiéndonos: ten las ideas que quieras, sé libre en tus pensamientos, pero la realidad va por otra parte, déjala en nuestras manos. Lo político como acción compartida, espacio antagonista de cooperación que nos arranque de esta condena a una existencia privada.
Pero no hay que engañarse, nuestro objetivo no es la victoria; porque no sabemos qué pueda significar ni tampoco qué es lo que hay que conquistar o ganar. Por ello, presumimos de cada derrota, porque en ellas está esa búsqueda de sentido que no tiene fin, que no tiene futuro. Una resistencia que no espera nada sino, tan sólo, sostenerse en el sentido de resistir, en el propio hacer haciendo. No sabemos, ni queremos saberlo, cuántos/as somos ni quiénes somos; no sabemos, ni queremos saberlo, cómo anticipar el resultado de lo que hacemos; no sabemos, ni queremos saberlo, cómo son los métodos de la política ni la disciplina organizativa. No sabemos... Tan solo nos tenemos a nosotros/as (no sabemos cuántos/as, no sabemos quiénes) y a nuestras prácticas para desorientar la realidad y encauzar la disidencia.