Uno
Sol, vio nacer del gas y el polvo flotantes a todos los planetas que habitaron su sistema, primero fueron los gigantes gaseosos, más alejados de la estrella, y luego los pequeños planetas rocosos, más cerca de su madre. Sol les dio un parque de recreo tan extenso que los planetas se veía como canicas entre ellos, miles de millones de kilómetros de espacio en todas direcciones, un espacio sin un arriba o un abajo donde nada estaba ni del derecho ni del revés. En esta guardería cósmica se criaron todos y cada uno de los planetas, cada uno dibujando la órbita alrededor de la estrella que más le complacía.
Júpiter, era el más masivo y voluminoso de todos los planetas. Cuando nació, estaba solo con Sol en mitad de la nube gestante que más tarde formarían a sus hermanos y hermanas. Creció mucho y muy rápido, trazó una órbita holgada alrededor de su estrella y hasta creó el huracán más grande jamás visto en forma de ojo con el que presumir de la colosal fuerza de sus vientos, todo con la intención de que su madre se sintiera orgullosa de él. —Mamá, mira lo grande que estoy ya ¡y lo que me queda por crecer! Algún día seré tan grande y brillante como tú. Quiero que los ojos de toda la galaxia apunten sus telescopios hacia mí —fantaseaba Júpiter.
—Cielo, claro que me doy cuenta de todo lo que creces y estoy contentísima. —respondía Sol tiernamente —Eres un planeta Júpiter, no lo olvides. Ser una estrella no es tan fantástico como te crees, por dentro estamos sujetas a una presión descomunal para poder generar la luz y el calor que damos al resto del universo. Mi niño, tú puedes orbitar sin esa responsabilidad, ser planeta es también una oportunidad maravillosa ¡disfrútala! —Los planetas se quedan muy pequeños —protestaba Júpiter —no hacemos otra cosa que chupar de tus rayos como hacen los bebés rocosos, yo quiero brillar como una estrella. —Cariño, no todos los cuerpos tienen que brillar.
Aun así, Júpiter no renunciaría a llegar a brillar algún día, no era suficiente ser el más grande de todos los planetas, soñaba con acumular la suficiente masa para llegar a ser una estrella. Lo que más temía era acabar siendo una de nube gas invisible que no llegó nunca a brillar.
Su hermana Saturno, en cambio, siempre vio algo especial en el polvo y el hielo que flotaba a la deriva. Por eso decidió rodearse de unos llamativos anillos alrededor suya hechos de polvo y de hielo. Confeccionar estos anillos era su actividad preferida cuando se sentía decaída, lo cual no era infrecuente, así podía mostrar sus lágrimas de hielo a los demás. En esos anillos orbitaban algunos amorfos asteroides, que nunca llegaron a ser planetas, con los que Saturno mantenía un apego especial.
—¿Sabes? creo que soy como tú, una esfera sin brillo atada alrededor del enorme astro que nunca llegaré a ser, como una burla del destino —suspiraba Saturno a uno de los asteroides.
—¿De qué estás hablando? tú eres un planeta gigantesco con los anillos más impresionantes del sistema, estás lejos de ser una roca sin gracia como yo —respondió el asteroide. —No soporto estar al lado de Júpiter, él es todavía más grande que yo y de siempre el favorito de Sol. Si la estrella se fijara en mí por una vez… ¡Con mis anillos podría reflejar su luz en un espectáculo bellísimo! Aunque claro, siempre prefirió a ese grandullón sin gusto por la belleza de los anillos. Si tan solo Sol supiera apreciar lo que valgo.
Más allá de Saturno estaban Urano y Neptuno. Recibían poca luz de Sol y disfrutaban de órbitas más amplias, a Neptuno incluso se le olvidaba a veces lo de orbitar y parecía que se quedaba inmóvil en el vacío hasta que recobraba el sentido de sí mismo con un sobresalto y proseguía su curso para no acabar cayendo en línea recta. Urano, por su parte, era fielmente puntual a su órbita alrededor de Sol, a veces se retrasaba por quedarse pensando demasiado y luego tenía que dar un acelerón para compensar el tiempo perdido, pero pasara lo que pasase, él siempre tardaba exactamente ochenta y cuatro años terrestres. Urano estaba un poco obsesionado con cumplir esta norma, en ocasiones se preguntaba cómo sería probar cosas nuevas que no tuviesen que ver exclusivamente con cumplir su tarea de orbitar. —¿Crees que me quedan bien estos anillos nuevos? ¿o piensas que dirán que los copié de Saturno? —preguntaba dudoso Urano a Neptuno.
—Te quedan bastante bien, amigo. —respondió Neptuno —Yo solo espero que no se lo tome a mal Saturno, hay polvo y hielo para todos.
—A veces me gustaría estar más cerca de Sol, lo que pasa es que hay demasiados asteroides allí cerca, ¿y si me cae un asteroide cuando baje la guardia? o peor, ¿y si por un despiste caigo en el campo de Júpiter y me estampo contra él?
—Amigo, no merece la pena preocuparse por esas cosas, ¿no estás a gusto con lo que tienes ya? La verdad es que yo no entiendo estas peleas por recibir más energía de Sol, con lo tranquilo que se está orbitando sin prisa al fresco de la lejanía.
—¿Y qué pasa si te congelas? Tu núcleo se convertirá en una esfera estática y fría, ¿no te da miedo? —respondió Urano alarmado.
—Mira, la energía de las estrellas solo crea conflictos por ver quién recibe más, si no hubiera estrellas nadie se pelearía y no haría falta tener anillos ni trazar órbitas veloces y cerradas. No merece la pena tanta complicación, mejor te haces a lo que te toca y ya está. —A lo mejor deberías haber hecho como Plutón, ella tampoco quiere estar cerca de Sol y por eso ha dejado de ser un planeta.
Urano hablaba con cierta nostalgia de su hermana Plutón, tan diminuta en tamaño que pasaba fácilmente desapercibida. Nunca tuvo mucho protagonismo en la familia, prefirió siempre la observación desde la distancia. Plutón pensaba que estar tan sujeta a la gravedad de su madre y depender tanto de su calor era demasiada exigencia para ella, así que prefería guardar la distancia con el resto y abstenerse de participar en la trifulca por obtener la energía de la estrella.
—Sol, quisiera conocer todos los rincones del universo, estar dando vueltas a una estrella para siempre no tiene sentido —confesó Plutón rompiendo su silencio habitual.
—Mi niña, el universo es un lugar maravilloso y lleno de secretos, —respondió Sol tiernamente —también has de saber que un planeta que se separa demasiado de su estrella queda perdido en la oscuridad del Vacío, sin la posibilidad de sentir el calor nunca más.
Plutón se quedó en silencio y con el tiempo, casi sin darse cuenta, se fue alejando poco a poco de Sol y el resto de su familia, lo hizo tan callada que ni siquiera llamó la atención del resto de planetas. Ella fijaba su soñadora mirada más hacia el universo exterior que hacía el interior de su propio sistema planetario. Sus órbitas eran irregulares y demasiado impredecibles para un planeta normal. —¿Por qué es tan rara? —se preguntaban los demás planetas cuando reparaban en ella. Por su lado, en los secretos pensamientos de Plutón solo había espacio para preguntas como, ¿qué sucederá con la materia dentro de un agujero negro?