Dos
Mercurio era el más joven de todos los planetas, un bebé rocoso como decía Júpiter, también el que orbitaba más cerca de Sol, así recibía más calor que nadie. Él se merecía toda esa luz, por ser él, tan alegre, tan dispuesto a ayudar a los demás, tan simpático y espontáneo. Solía dejarse llevar por la gravedad de su estrella, hasta el punto de peligrar por fundirse con ella.
—Corazón, ten cuidado, si te acercas demasiado te fundirás en mi superficie —advertía Sol.
—Estrella mía, gracias por preocuparte de mí, he de decirte que controlo divinamente lo que hago. No me llama irme más lejos ¿me entiendes?, con el frío que hace en las afueras, yo me quedo con una estrella tan brillante como tú —camelaba Mercurio.
—Sí mi amor, todo el calor que quieras para tus días, ¿y qué pasa con tus noches? Sin una atmosfera las pasas frías porque todo ese calor fugaz se te escapa.
—Estrella mía, eso no importa, giro tan rápido que hago mis noches pasar en seguida y vuelvo enseguida a gozar de tu calor como si nunca lo hubiera perdido. Sería mucho peor estar como los grandullones de allá, siempre nublados e inmóviles en mitad del vacío ¡prefiero correr el riesgo de arder!
Un poco más lejos de la incandescente orilla de Sol, aunque no demasiado, la Tierra encontró la posición perfecta, ni se achicharraba ni se helaba. También encontró el giro correcto sobre sí misma de forma que los días duren lo justo y necesario para que así no se evaporen sus océanos durante las horas de luz y luego no se congelasen durante las horas de oscuridad. Consiguió así que nunca le faltase el agua líquida en su superficie, creando el caldo de cultivo ideal para formas de vida celulares, así brotó vida en los océanos de la Tierra. Ella se sentía digna de autoridad por su incansable esfuerzo en cultivar aquellas primeras criaturas, para la Tierra era el deber de todo planeta criar la vida, y cuanto más numerosa mejor.
—Estás demasiado cerca, —le criticaba a Venus —estás demasiado lejos, —le reñía a Júpiter —tu atmósfera es demasiado fina —le corregía a Mercurio.
La Tierra tenía un único satélite, la Luna, quién tenía la tarea de sostener los ciclos de las mareas, —tienes que quedarte cerca y debes ir más rápido porque se tienen que dar dos ciclos de marea al día —le exigía la Tierra.
—Si todos los planetas de este sistema hicieran lo que deberían, rebosarían de vida y cumpliríamos con nuestro propósito. ¿Cómo es posible que algunos se peguen tanto a ti que se achicharren y otro sean tan pasotas que se congelan? Yo les hago el favor de repetirles lo que tienen que hacer y no quieren hacerme caso. —refunfuñaba la Tierra.
—Tesoro, no todos piensan como tú. La vida es algo maravilloso, ¡claro que lo es! Entiende también que no todos los planetas están preparados para ella, tú encontraste la órbita adecuada, no todos tuvieron la oportunidad de hacer lo mismo. —respondió Sol amablemente —Presta atención a tus hermanos y hermanas, ¿acaso no son hermosos los volcanes de Marte? ¿y qué me dices de los anillos de Saturno? ¿te has fijado en el huracán de Júpiter? La vida es solo una forma más de expresar vuestro potencial, no puedes esperar que todos cambien para parecerse más a cómo crees que deberían ser un planeta. Escucha, los demás te están mostrando su valor a ti también.
Venus era la más cercana a la Tierra y al mismo tiempo muy diferente a ella, no tenía océanos, ni mares, ni ríos, su superficie era la más caliente de todos los planetas así que su agua estaba siempre en forma de vapor. Su atmósfera estaba llena de nubes de ácido sulfhídrico que hacían a verse a Venus de un amarillo chillón bastante chistoso y desenfado, mientras su superficie quedaba continuamente oculta. Ella, se llevaba bien con casi todos los demás planetas y siempre estaba dispuesta a tomarlo todo en broma.
—¿Qué pasa cuando un asteroide choca contra Sol? pues que se ES-TRE-LLA —le contaba a la Tierra partiéndose de la risa por su propio chiste.
En un pasado, Venus tuvo un océano similar al de la Tierra, aunque, apasionada por probar nuevos compuestos más exóticos que el agua, llenó su atmósfera de gases de efecto invernadero que nacía de sus entrañas. Se fue recalentado su superficie hasta que se evaporó hasta la última gota de sus océanos. Cuando se dio cuenta de que nunca más podría albergar vida se dijo —¿Y qué más da? Con lo calentita que estoy ahora, no me hace falta vida pululando por mi cara. —Así no le dio demasiada importancia y continuó con su alborotada rutina.
—Hermana, no entiendo por qué te tomas tantas molestias para mantener la vida en esos océanos, ¿nunca has soñado con ser un planeta de oro? o mejor, ¿un planeta de diamantes? Hay tantos elementos preciosos que desconocemos… ¡Me fliparía experimentar con todos! —confesaba a la Tierra.
—Los minerales raros no te van a servir para nada. Si no te dedicases a acumular toda clase de compuestos tóxicos en tu atmósfera quizás la vida hubiese tenido una oportunidad de brotar en ti. Lo echaste todo a perder por tus ganas de juguetear con la química. —le reprochó la Tierra.
—Es que albergar vida es demasiada responsabilidad, mírate, tan amargada en tu órbita perfecta para mantener a esos bichejos. Nuestra existencia se pasa en un plis plas, ¿de qué sirve preocuparse tanto? Hermana, te vendría genial relajarte un poco, hay que disfrutar de todos los elementos que las estrellas nos brindan ahora.
Por su lado, Marte, el más lejano de los planetas rocosos, tenía una corteza de hierro que con el tiempo se fue oxidando para dar lugar a su color tan característico, por lo que le llamaban el Planeta Rojo. Marte sospechaba que Sol quería toda la energía que generaba para sí misma y que, por dentro, la estrella no soportaba que se le escapase el calor que recibían los planetas. Por esta razón miraba con severidad la aparente bondad de Sol. A pesar de su pequeño tamaño, Marte nunca se dejó mangonear por nadie por muy grande que fuese, a sus dos únicos satélites, Deimos y Fobos, los retenía muy próximos con su gravedad.
—Mis pequeños, en la galaxia hay muchas estrellas y grandullones gaseosos que os zamparían sin pensárselo dos veces. A mi lado no os va a pasar nada, —prometía Marte —yo os protegeré de todos los peligros del universo.
—De tan cerca que nos tiene acabaremos chocándonos —murmullaba Fobos. —Marte tiene razón, es mejor estar unidos si queremos sobrevivir en este espacio hostil —respondió Deimos.
En una ocasión, un asteroide de importante tamaño impactó en Marte dejando un cráter descomunal, Marte estalló en cólera. De haber sido durante su infancia, cuando era geológicamente más activo, habrían brotado mares de lava de sus volcanes, ahora su manto interno estaba agotado. En su lugar, culpó a Júpiter de haber desviado la trayectoria del asteroide hacia él. Júpiter, desde su indiferencia por sus rocosos hermanos menores, negó haberlo hecho.
—¡Cobarde! ¿por qué no te atreves con alguien de tu tamaño? —gruñía Marte.