Cuatro
La vieja y estéril Tierra, ahora muy próxima a Sol, miraba con recelo a Titán, el satélite más grande de Saturno el cual estuvo siempre cubierto por un gélido océano de metano y que ahora gozaba de las condiciones idóneas para la vida.
—Este universo no podría ser más injusto —refunfuñaba —antes los planetas nos esforzábamos por albergar vida y ahora los satélites les toca la suerte de poder tenerla sin esfuerzo alguno. ¿Por qué nadie pretende hacer nada?
—La justicia siempre llega, hija mía, siempre a su caprichosa manera, lo que pasa es que si esperas que suceda de una manera determinada, entonces la justicia nunca llega. —contestó la anciana Sol.
El del viento solar se hizo huracanado, los planetas gaseosos perdían materia que se desperdigaba por el espacio como el soplo de la brisa se lleva la arena de las dunas. Júpiter estaba horrorizado.
—¡Deja de desgastarme de una vez! me vas a dejar en nada. —imploraba a Sol sin éxito, haciéndose cada vez más pequeño.
—Es el curso natural de las cosas, no puedo cambiarlo. El fin de una familia planetaria está ya escrito en su comienzo. Comprendí desde el primer instante que llegaría el momento en el que desapareceríais tú y tus hermanas y tus hermanos. Incluso así, decidí criaros con todo mi amor. Dejé que trazarais vuestras órbitas a vuestra manera, esa es la gran libertad de ser un planeta, —le reveló Sol con su perenne calidez. —Júpiter, tú nunca necesitaste ser grande y longevo como una estrella, siempre fuiste apreciado por ser lo que eres, un planeta.
Neptuno, al contemplar los planetas más cercanos al Sol desaparecer, sintió un alivio del que no estaba del todo orgulloso, no podía soportar sentirse bien ante la tragedia de los demás. Lo cierto es que dejar de escuchar los acalorados desacuerdos entre la Tierra y Venus le hacían sentir una relajación muy placentera que él no sabía expresar.
—Es una pena que se hayan marchado los planetas rocosos, la existencia sigue adelante. Mira qué bien se está cuando nadie se enfada. —dijo a Urano.
—Yo echo de menos reírme con Venus —confesó Urano, —debí haber pasado más tiempo con ella. Urano, en su frecuente indecisión y arrepentimiento se dio cuenta en aquellos últimos días de la gigante roja que había hecho muy poco de lo que le hubiera gustado hacer en con su existencia. —Ojalá haber podido estar más cerca de Sol con los planetas rocosos que siempre me han parecido tan majos, —se arrepentía —debería haber intentado albergar algo de vida quizás, ¿y si en mi propósito de verdad era albergar las criaturas más majestuosas jamás vistas?
Sin embargo, ya era tarde para todo los ¿y si…? de Urano, pasó a ser el planeta que quiso, luego dudo y nunca hizo.
—Ha llegado el momento. —Esas fueron las últimas palabras de Sol antes de consumir todo su combustible y liberar casi toda su masa en forma de una colorida nébula, desatando una colosal tormenta solar de infinitos colores iridiscentes. El espectáculo dejó detrás de sí una esfera caliente y pálida de lo que una vez fue el núcleo de la estrella. Una enana blanca, eso fue todo lo que quedó de Sol. Júpiter perdió casi toda su masa durante la tormenta, quedando únicamente un núcleo rocoso desnudo y escuchimizado.
—¡Qué nadie me mire ahora, por favor! yo era mucho más grande, todos lo sabéis. —aullaba lleno de vergüenza —Recordadme siempre como fui y no como me veo ahora.
—Es justo lo que mereces por meterte con los planetas rocosos. —gruñía Marte mientras tiritaba. El núcleo marciano llevaba tanto tiempo desconectado del calor solar que estaba a punto de congelarse y apagar la voz de Marte.
Por su lado, Saturno que llevaba tanto tiempo sufriendo, se había olvidado de cómo era la existencia sin sufrir, vivió la tormenta solar como una gran liberación que arrasó con su condición de planeta y lo transformó en el polvo y gas flotante en el que tanto se fijaba.
—Por fin, el destino me ha transformado en lo que verdaderamente soy, polvo insignificante —concluyó mientras se desvanecía volviendo a saborear aquel placer de abandonarse que hacía tanto había olvidado.
Estrellas vecinas más jóvenes fueron acercándose a los restos del Sistema Solar. Una de ellas atrapó a Urano y Neptuno, ya muy desgastados y minúsculos después de la tormenta. Neptuno ni se dio cuenta de que estaba abandonando su sistema natal hasta que fue sorprendido por la inquietud de Urano.
—¡Neptuno, mira! Nos estamos cayendo a otro sistema —gritó Urano alarmado.
Alrededor de aquella joven estrella, unos planetas recién nacidos estaban en pleno berrinche, —¡Yo quiero ese satélite! —reclamaba uno —¡No, lo quiero yo! —le respondía el otro. El viejo Neptuno, incapaz de soportar aquella agitación infantil que perturbaba su indolencia reaccionó de la única manera que supo para que la disputa se acabase, se dejó atrapar por el caprichoso planeta perdedor de la disputa por el satélite, dejando atrás su condición de planeta para convertirse en un satélite de consolación. Urano pensó en detener a Neptuno, dudo en que debería decirle y si de verdad estaba haciendo lo correcto. Una vez más, la duda lo paralizó y no se pudo mover, así Urano se desvaneció solo en las afueras de aquel sistema caótico.
La armonía que Neptuno creyó haber alcanzado con su sacrificio duró poco pues más pronto que tarde su nuevo planeta volvió a quedar insatisfecho.
—¡Quiero otro satélite! ¡Este ya no me gusta! —protestaba sin cesar.