Tres

Se fueron sucediendo los eones, los planetas continuaron con sus ciclos, cada cual a su ritmo, a pesar de mantener las acostumbradas órbitas de siempre, las cosas en el sistema fueron evolucionando irreversiblemente con el paso del tiempo. Sol se hacía cada vez más vieja, había agotado casi todo el hidrógeno que tenía en su interior y eso significada un cambio de edad, crecía y crecía haciéndose cada vez más luminosa y su luz más rojiza, se estaba convirtiendo en una gigante roja.

Más allá del cinturón de asteroides, lo que antes fue un sueño para Saturno ahora es una realidad. La creciente luminosidad del Sol hacía que llegara mucha más energía para ella, lo que afrontó con desmedido entusiasmo

—¡Ay, Sol! ¡Sol mío! Qué feliz me hace que alumbren tus rayos, mis anillos son los más brillantes del sistema.

Lo que ella nunca intuyó fue que sus gélidos anillos acabarían calentándose tanto que se evaporaron esfumándose en la inmensidad.

—¡No puede ser! ¡Mis preciosos anillos! ¿Por qué me tiene que estar pasando esto a mí? —Después de tanto tiempo quejándote de estar a la sombra, ¿ahora te vas a quejar de haber perdido esos anillos inertes? —respondió Júpiter.

—Tú de siempre has sido el favorito de Sol, ¿qué sabrás tú de estar a la sombra? Con lo idolatrado que eres, nunca aprendiste a apreciar la belleza de los anillos, dándome la espalda. Tú también caerás ¡ya verás! Hasta los grandullones como tu pierde su fuerza, entonces por fin sabrás lo que es perder.

—Me estoy haciendo vieja —anunciaba la estrella con una frágil sonrisa de anciana, —cada vez consumo más rápido el poco hidrógeno que me queda. Brillaré como no lo he hecho nunca, y ese gran esplendor también será mi último.

A Saturno nunca le acabó de desagradar del todo el estar triste, veía algo en la melancolía que la hacía más valiosa, algo que tenía que expresar a su manera. Después de que desaparecieran sus anillos, ella no pudo más expresar sus sentimientos rodeándose de lágrimas de hielo, entonces su sufrimiento se tornó seco y enquistado, su voz monótona y apagada, la única respuesta que daba era de irritación. Su dolor eran tan profundo que tan solo desea volver a ser el polvo y el gas flotante a la deriva que antaño confeccionaron sus espectaculares ánimos que jamás olvidaría.

A orillas de Sol, Mercurio no quiso alejarse de su estrella a pesar de la amenazante expansión del plasma, con la confianza de que no le pasaría nada cerca de su estrella, quedó enganchado por la gravedad de Sol. Cayo en espiral hacia su superficie, fue sintiendo como se calentaba cada vez más y más, hasta que estuvo tan cerca que una llamarada solar lo destrozó en mil pedazos que fueron inmediatamente volatilizados por el plasma, solo tuvo tiempo a reaccionar con un breve quejido. —Al menos murió junto a mamá, disfrutando de su calor hasta el último momento. —declaró Venus tratando de levantar los ánimos. No surtió efecto.

El sistema entero se rodeaba de un aura de pesadez, —el universo se está haciendo viejo —se decía. La abrasante radiación acabó por evaporar todos los mares y océanos de la Tierra e hizo arder el suelo de sus continentes, todas las formas de vida que una vez la habitaron quedaron reducidas a cenizas. La que un día fue azul quedó gris, recubierta por un desierto global, desnudo e inerte. —Después de todo lo que he hecho por albergar vida, todo mi esfuerzo y todos los sacrificios que hice millones de años reducidos a cenizas. ¿Por qué me haces esto Sol? ¿Por qué no hay justicia con los planetas que hacemos las cosas bien? —protestaba la Tierra.

La luna, por su lado, al ver que ya no estaría sujeta a las estrictas exigencias de la Tierra puesto que no tenía mareas que atender, decidió alejarse de aquel planeta para poder disfrutar por fin de la libertad del espacio fuera de la inflexible órbita terrestre.

Ahora que estaba más cerca de Sol y con su atmósfera ya de por sí sofocante, Venus experimentó tal sobrecalentamiento de su interior que su corteza se resquebrajó por todas partes, dando lugar a una serie de erupciones volcánicas de proporciones titánicas, que cubrieron toda la superficie del planeta de roca fundida. Su densa atmósfera de amarillentas nubes nunca dejó ver este catastrófico evento a los demás planetas y Venus recurrió a su vieja usanza de quitarle importancia a su propia destrucción con buen humor.

—¿Significará esto que ahora podré tener una nueva corteza de oro? —imaginaba para sí misma —este paisaje mola más que los océanos de la Tierra, ¿surgirán en mí peces de lava? —reía mientras tosía.

Cuando el dolor se le hacía demasiado insoportable, seducía a algún cometa pasajero para que le diese algún cristal de químicos exóticos, que luego consumía en el humo que nublaba sus heridas. Su estado era lamentable, su voz estaba tan quebradiza que no podía contar chistes, pudo haberse alejado, aunque finalmente fue devorada por el creciente plasma solar, para su alivio.

En la órbita marciana, Fobos y Deimos, presas del férreo agarre de su planeta, acabaron describiendo unas órbitas en espiral tan cercanas a Marte que terminaron por colisionar con él, dejando en el Planeta Rojo dos enormes cicatrices y el vacío de la soledad. Por primera vez que se recuerda, Marte se sintió vulnerable.

—Yo solamente quería protegerlos del salvaje universo! —gemía con lágrimas ardientes. —Nunca pensé que pudieran acabar dejándose caer como lo hicieron.

Muy lejos de Sol, la enana Plutón ni siquiera se enteró de la creciente luminosidad de su estrella, en realidad, no se enteraba de casi nada de lo que pasaba entre los demás planetas, de quienes ya muy lejos estaba. Ella divagaba largo rato observando otras estrellas y galaxias que albergaban otros mundos, preguntándose qué clase de planetas y cuerpos celestes desconocidos habitan en el cosmos, con el deseo de llegar a comprenderlo por completo algún día. En uno de sus momentos de ensimismamiento, pudo presenciar lo que para ella fue el evento más espectacular y emocionante del universo: Andrómeda, la galaxia vecina, y la Vía Láctea acababan de fusionarse formando una nueva galaxia. Era una danza de estrellas de todos los tamaños y colores, pasando unas al lado de la otras saludándose cordialmente después de haber permanecido eones a millones de parsecs de distancia, el espectáculo desplegó un abanico de colores y formas que ni la barroca imaginación de Plutón hubiera podido nunca concebir. Profundamente movida por aquel descubrimiento, Plutón se giró para contárselo con un gran entusiasmo a sus hermanos y hermanas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había alejado tanto de su familia que había perdido de vista a los demás. Veía a Sol como un punto blanco en la lejanía, lo que antes fue su hogar ahora se perdía entre las demás estrellas del firmamento. Sentimientos de profunda insignificancia invadieron a la gélida Plutón, ya nunca podrá compartir su descubrimiento con nadie. Miró al Vacío con un gran pesar, el Vacío le devolvió la mirada.

—Ahora tú y yo somos uno —pronunció el Vacío.

—Llévame contigo a donde quieras, yo ya no soy nada.