Nota al final

Escribí este cuento cuando tenía diecisiete, el concepto me rondaba la cabeza y una tarde cualquiera me puse manos a la obra. En tres o cuatro sentadas ya tenía la historia en el ordenador, no tuve que darle demasiadas vueltas, cada paso de mi imaginación dejaba su huella en el teclado, si escribía alguna falta o se quedaba desordenado ya lo limpiaría después, entonces era el momento de volar.

El resultado me pareció tan minimalista y universal que quise compartirlo con todo el mundo, por primera vez me atrevía a compartir algo de lo que escribía, hasta aquel momento había guardado todas mis palabras en secreto, escondidas entre cuadernos y libretas dentro del armario. No me atrevía a leerlas, las escupía para no ahogarme y nunca más las volvía a mirar, había demasiado de mí en ellas, y ser yo era demasiado tabú en aquella época. Solo con imaginar que alguna de esas palabras pudiera ver la luz se me ponía la cara como un tomate de la vergüenza que pasaba.

Este cuento era distinto, etéreo y lejano, no había rastro visible de mis sentimientos y eso me tranquilizaba. Decidí publicarlo a través de plataformas digitales hegemónicas (Instagram), lo hice añadiendo un enlace al documento en la biografía de mi perfil. Para que no pasara desapercibido lo anuncié a través de una imagen/estado efímero. Hubo silencio, ni un comentario, ni un me gusta, por qué tanto frío me preguntaba, si este cuento era lo mejor que podía dar de mí sin tener que ser yo. Estaba tan frustrada con aquella indiferencia que borré mi cuenta y sin redes estuve varios años. Por un lado tenía la ansia de reconocimiento y por el otro el calambre instintivo de esconderme, el resultado fue un cortocircuito.

Ahora por fin me doy un descanso y puedo respirar hondo. Echando la vista atrás, caigo en la cuenta de que he sido injusta con el cuento, no tiene la culpa de mis complejos y merece ser reeditado con una nueva oportunidad de salir a la luz. Es también poético para mí que la nueva edición se dé con una nuevo bautizo digital: @averrasion.

Aunque mis gustos, mi estilo y mis temas a la hora de escribir hayan ido mutando drásticamente con el tiempo, sigo guardándole un cariño especial a este primer cuento, que dice poco mí y mucho al mismo tiempo, que fue muy valiente en mostrarse a la mirada ajena y de lo que me siento profundamente orgullosa. Es para mí un gesto de amor propio seguir empujando por aquí y por allá para darlo a conocer, quizás es que simplemente nadie le dio la oportunidad.

Esta edición ha dado sus primeros pasos analógicos, con la intención de llegar un poquito más lejos que mi reducido círculo de amistades. Imprimí los primeros borradores en la fotocopiadora autoservicio de la biblioteca, cada folio llevaba dos páginas en cada cara, luego las doblaba cuidadosamente por la mitad y con hilo y aguja las cosía todas juntas, el resultado fue un librillo tan sencillo como lindo.

Así nace el cuento en la realidad de las cosas que se pueden tocar, este nacimiento me emocionó tanto o más que cuando la concebí digitalmente. Sus primeros pasos fueron entre mis amigues más cercanes, después vino ir diseminando copias en bibliotecas públicas y espacios lectores donde quizás alguna mirada curiosa acabe por fijarse en él.

Las historias viven cuando se comparten y también pueden morir si son víctimas del silencio y la indiferencia. Yo me siento responsable de las mías como una madre y hago todo lo que está en mi mano para darles todas las oportunidades que necesitan para salir adelante. Las visto y decoro, las educo corrigiendo pequeñas erratas por aquí y por allá para que estén presentables y se puedan ganar el respeto en el patio de recreo. Por último, el paso más difícil es dejarlas ir y pasar a la siguiente historia. Sea cual sea el cómo llegó ti, te doy las gracias por hacer posible que el cuento viva.

Las Palmas de Gran Canaria. Marzo, 2024