Epílogo
El Sistema Solar dejó de existir. Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, Plutón; todos nombres que ya poco o nada significan. La única marca todavía remanente de aquel pasado era la enana blanca, fruto del núcleo de lo que antaño fue Sol. La tenue estrella existió en silencio por muchísimo más tiempo, vio nacer y morir a muchas otras estrellas con sus propios sistemas planetarios, ella se llenaba de nostálgica alegría al ver crecer desde la senil distancia aquellas jóvenes madres con sus hijos. Estrellas que con el paso del tiempo quedaron a su vez reducidas a otras enanas blancas. El espacio se expandía aceleradamente en todas direcciones, las galaxias lejanas se alejaron todavía más y más hasta desaparecer en la oscuridad que se extendía por todas partes. El universo se tornó en un lugar oscuro y vacío para los cuerpos que todavía lo habitaban.
—En un parpadeo se me pasó la eternidad delante de mí —pronunció la enana blanca en sus últimos momentos.
—Tenue lucero, es hora de volver conmigo. Ese era nuestro trato —respondió el Vacío.
—En todo este tiempo, se han sucedido tantas cosas… Solo me acompañó por siempre el cambio, nacer y morir, brillar y apagarse, crecer y menguar. Amar y dejar ir, curioso cómo solo se queda el recuerdo de amar, el que di a mis planetas, ese amor es calor que viaja en todas direcciones para siempre aunque yo vuelva contigo.
—La existencia no es más que una breve interrupción de mí. El cambio que evocas, el amor, son un eco igual de breve.
—Gracias entonces por esta interrupción —aceptó la estrella finalmente.
La enana blanca, al igual que todo el que alguna vez existió en el universo, acabó por desintegrarse en calor residual. Incluso los agujeros negros se evaporaron. Comenzó así, el fin de la existencia en el universo. Nada fue y nada será por siempre jamás. El único final de esta historia, es volverla a empezar.